Las más recientes encuestas de opinión muestran que el periodismo es uno de los oficios más desprestigiados del país, con una credibilidad equivalente a la que tienen los políticos. Y eso merece una profunda reflexión, porque si hay una profesión que dependa de la credibilidad de quien la ejerce esa es el periodismo. De hecho, el único patrimonio de un medio de comunicación es su credibilidad. 

El desprestigio del periodismo colombiano está directamente relacionado con su maridaje con el poder y concretamente con los gobiernos de turno, que supieron cooptarlos y comprar de esta forma su independencia. Los poderosos le pusieron precio a la independencia de los periodistas y muchos de ellos terminaron vendiéndola al mejor postor. Esa es una realidad incuestionable. Decir lo contrario es una soberana estolidez.

Durante el proceso 8.000 -que develó la financiación de la campaña presidencial de Ernesto Samper por parte del Cartel de  Cali- buena parte de la prensa nacional ejerció una valiosa veeduría con la que amplios sectores de la opinión pública se identificaron. 

Doy un dato que me consta, puesto que hacía parte de su cuerpo de editores: durante el proceso 8.000 la revista Semana alcanzó la extraordinaria cifra de 100.000 suscriptores, récord que jamás ningún otro medio impreso nacional ha alcanzado. Y ello fue así porque los lectores le creían a Semana y confiaban en su informacion.

El descrédito de los medios nacionales -inocultable y preocupante- es producto también del surgimiento, crecimiento y consolidación de las Redes Sociales, que se han encargado de demostrar con pruebas irrefutables que el Emperador está desnudo. Esto es: que los medios de comunicación tienen sus propios intereses, muy distintos a los de la inmensa mayoría de la población. Y son dichos intereses los que priman a la hora de informar a los lectores, oyentes o televidentes.

Mientras los medios de comunicación sigan de espaldas a la realidad y asuman la defensa de sus propios intereses -léase pauta publicitaria o negocios particulares de sus dueños- su credibilidad seguirá en picada. Y de ahí a la desaparición de varios de ellos, solo hay un paso. La razón es bien sencilla: nadie consume lo que le hace daño. Así de simple. Así de grave.