¿Reforma política o reforma politiquera?

Una Reforma Política aprobada a las volandas, como pretende el ministro del Interior, Juan Fernando Cristo, quien dentro de pocas semanas abandonará su cargo para aspirar a la Presidencia de la República, no es más que una colcha de retazos que sólo servirá para perpetuar los viejos vicios de la política.

Se trata de una burla a la que el Congreso debería oponerse de forma contundente, algo que -claro- no pasará, porque cada congresista aspira a meterle mano a esa iniciativa concebida en La Habana, que tendrá como únicos beneficiarios al propio Cristo y a los jefes guerrilleros de las Farc. Cristo podrá tener -¡por fin!- una bandera que enarbolar en su propósito de suceder a Juan Manuel Santos y qué mejor que la defensa del derecho que tienen los jóvenes de 16 años a elegir y ser elegidos.

Y las Farc podrán también contar con los votos de los miles de niños que han reclutado a la fuerza y que no regresarán a sus hogares, pues -según los jefes de las Farc- fueron “rescatados” de las garras de sus padres. Las promesas de La Habana fueron incumplidas y nadie del Gobierno se ha atrevido a exigirles el cumplimiento del compromiso de devolver a los menores.

La Reforma Política, cómo está concebida y diseñada por Cristo, las Farc y los partidos de la Unidad Nacional, será aprobada mediante el mecanismo del “fast track”, que -según nos informaron luego de la firma del Acuerdo Final- sólo sería utilizado para aprobar aquellas iniciativas que sirvieran para implementar los acuerdos de La Habana.

El esperpento es de tal tamaño que el mismísimo Humberto De la Calle -ex jefe del equipo negociador del Gobierno- salió a descalificar la decisión de hacer una Reforma Política de tal alcance por vía del “fast track”. Dicha Reforma contempla eliminar la Vicepresidencia de la República y volver a la figura del Designado, así como el financiamiento estatal de las campañas electorales, el voto obligatorio y volver a la representación departamental para Senadores. 

Algunas de las reformas han sido consideradas en el pasado y varias de ellas podrían, inclusive, contribuir a una mayor transparencia en el ejercicio de la política nacional. El problema es otro y tiene que ver con el tufillo oportunista y mezquino que destila, pues hacer una Reforma Política  cuando el ministro de la política tiene las horas contadas en el cargo no deja de ser una prueba más de “politiquería”, que curiosamente es lo que dice el Ministro que combatirá la nueva iniciativa.

De manera que lo mejor que puede hacer el Gobierno -en cabeza del Ministro precandidato- es aplazar el “gustico” de una Reforma Política a su medida y concentrarse en sacar adelante en el Congreso las iniciativas que permitan -ellas sí- la implementación de los acuerdos de La Habana, muchas de las cuales apenas están siendo discutidas. 

Embarcar al Congreso en una Reforma Política en estos momentos sólo sirve como cortina de humo para tratar de tapar el escándalo de Odebrecht o para beneficiar al ministro Cristo, en trance de candidato presidencial. Para nada más sirve, aunque Cristo insista en mostrarle unas bondades de las que carece.