El presidente Juan Manuel Santos y su ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, acaban de descubrir que la corrupción en La Guajira es culpa de los guajiros. Y por ello decidieron en un gesto magnánimo y altruista -que todos debemos agradecer- socorrer al departamento desde Bogotá.

Es por ello que acaban de conformar una “comisión de alto nivel” para que se ocupe de ese delicado asunto y en el menor tiempo posible rinda un sesudo informe al país, (léase Santos y Cárdenas).

En dicha comisión de alto nivel sobresale un señor de apellido Hincapié al que  buscan con desespero los habitantes de Quibdó, porque también fue designado hace algunos años por el Gobierno Nacional, para que hiciera parte de otra comisión de alto nivel que se encargaría de salvar al Chocó. 

Pues bien, esa comisión de alto nivel no sólo no salvó al Chocó, sino que dejó al departamento peor de lo que estaba. Todavía investigan a varios de sus miembros -entre ellos al señor Hincapié- para tratar de averiguar qué pasó con los miles de millones destinados a salvar al Chocó. Gracias a su brillante gestión, Hincapié ahora salvará a La Guajira.

La visión cínica, mezquina y centralista con la que gobiernan Santos y sus amigos, entre ellos el ministro Cárdenas, nos llevará al abismo más profundo. Cínica porque si hay en la Colombia de hoy funcionarios corruptos esos están gobernando con Santos. Están robando a manos llenas. Pregunten en Córdoba, en Sucre, Cali, Bucaramanga, Tunja, Mesitas del Colegio, Buga, Villavicencio…

Pero -sobre todo- pregunten en Bogotá, la mata de la corrupción en Colombia. Indaguen en los ministerios -escojan el que quieran- cuánto es la mordida que les toca a los políticos amigos del Gobierno (léase Santos y Cárdenas) por cualquier obrita de medio pelo adjudicada, para no hablar de Odebrecht y Navelena. 

Pregunten cuánta es la plata que les corresponde a los amigos del Gobierno por “pedalear” un proyecto en Bogotá, como un hospital, una estación de Policía, un salón de clases, o una cancha de fútbol. Indaguen por los pasillos del Congreso de la República, cómo es que el Gobierno compra votos para que les aprueben sus iniciativas, como la criminal Reforma Tributaria que Cárdenas logró que le aprobarán. Pregunten cuánto costó. Les doy una cifra: miles de billones pesos.

Si eso no es muestra de cinismo, entonces que me digan qué sí lo es. Cínicos Santos y Cárdenas -que no ven la corrupción que tienen en sus narices y ante sus ojos- al pretender acabar con la corrupción en La Guajira, también gobernada desde siempre por bandidos y corruptos. Pero que no nos vengan a decir los corruptos de Bogotá que en La Guajira hay más corrupción. La razón es simple: en Bogotá hay más plata para robar y por eso allá roban más. ¡Cínicos!

Y mezquinos también son porque solo quieren robar para ellos y sus amigos. Si a Colombia se la están robando por los cuatro costados, entonces dejen -¡carajo!- que roben todos. O es que los únicos que pueden saquear nuestros bolsillos con absoluta impudicia son aquellos que hacen parte de la gente bien de Bogotá, cuyo buche -está demostrado científicamente- no se llena con nada. 

Mezquinos y avarientos, porque entre más tienen más quieren. Santos y Cárdenas, por ejemplo, llevan más de cuarenta años en cargos públicos. La lista es larga en ambos casos. Cuando no es Cárdenas – o su papá- el que nombra a Santos, es Santos el que nombra a Cárdenas, su hermana, o su hermano. 

¿Averiguamos? Empecemos: Federación Nacional de Cafeteros, Ministerio de Comercio Exterior, Ministerio de Hacienda, Ministerio de Minas, Ministerio de Defensa, Embajada de Colombia en Japón, Embajada de Colombia en México, comisión de alto nivel para investigar corrupción en la Policía Nacional, por hechos relacionados con la “comunidad del anillo”… ¿Sigo?

Y centralista, porque los bogotanos Santos y Cárdenas, han creído y siguen creyendo -como cierto ex presidente de la República- que Colombia termina en Hatogrande, la finca de descanso que tienen los presidentes en la Sabana de Bogotá. De Hatogrande -donde se acaba de casar la hija de Santos, ceremonia que fue cubierta de forma exclusiva por la revista Hola de España- para allá (es decir hasta acá) todo eso es selva. O provincia, para de decirlo de forma más presentable.

Entonces Santos y Cárdenas creen que La Guajira es selva -o desierto, que para el caso es lo mismo- y por eso es que no se han enterado de los miles de niños Wayuu que están muriendo de hambre en las rancherías. La Guajira queda muy lejos de Bogotá.  Como también queda muy lejos Pandi, Cundinamarca. O Cucaita y Samacá, Boyacá, después de Hatogrande todo es selva. Eso es bueno no olvidarlo.

La salvación de La Guajira no llegará, pues, desde Bogotá. Como no llegó la de San Andrés. ¿Ya olvidaron la comisión de alto nivel que conformaron Santos y Cárdenas para salvar la isla? De  ella hacia parte -¿o hace parte?- el ex ministro Rudolf Hommes, cuyo conocimiento de San Andrés y Providencia se limita a saber cuánto vale un buen plato de Rondón, que es exactamente lo mismo que se yo. 

De manera que desde Bogotá le llegará a La Guajira -de manos de Santos y Cárdenas- más miseria, más olvido y -claro- más corrupción. Eso puedo jurarlo.