El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y los medios de comunicación de ese país, han decidido no darse tregua y llevar su guerra hasta las últimas consecuencias, con todo lo que ello implica. Trump vetó a los principales periódicos y canales de televisión, cuyos periodistas no podrán tener acceso a información proveniente de la Casa Blanca, mientras que los comunicadores están husmeando todo lo que tenga que ver con el multimillonario empresario, su familia y su gabinete. 
Y en esa búsqueda implacable comienzan a surgir los pecados del señor Trump y de los suyos, como por ejemplo los acercamientos de miembros de su staff a los que nombró en altos cargos del Gobierno con funcionarios del gobierno ruso, algo que el Presidente de Estados Unidos se empeña en negar. Igual están investigando todos los negocios de Trump por el mundo, incluyendo a Colombia, a donde llegó hace algunos años con la intención de invertir en el sector hotelero.

 

La relación entre los poderosos y la prensa nunca ha sido fácil. Aquellos simplemente no quieren ser vigilados y la prensa -casi siempre- ejerce su derecho de vigilar el comportamiento y los excesos de quienes ejercen el poder. En Estados Unidos ese ejercicio democrático es defendido con particular celo por quienes muestran con orgullo el trofeo de haber denunciado las ilegalidades de una campaña del Partido Republicano, que terminaron costándole la Presidencia a Richard Nixon. El episodio de Watergate es el mejor ejemplo del compromiso de los periodistas por buscar y encontrar la verdad.

 

La función de vigilancia de la prensa no se puede perder. Esa es su razón de ser. Ni Trump ni ningún otro gobernante, grande o pequeño, puede pretender cumplir sus funciones desconociendo el derecho de los periodistas a informar de manera responsable, veraz y oportuna. Los periodistas no tienen que aplaudir al gobernante. Que aplaudan otros. Su compromiso es vigilar su comportamiento y hacer evidente sus equivocaciones, sus irregularidades y sus ilegales, en caso de que ello ocurra. Esa conducta no convierte al periodista en enemigo del gobernante. El buen gobernante agradece esa función, mientras que el mal gobernante toma represalias con su contra, como hace Trump de forma torpe. 

 

Al final, los hechos demostrarán que ningún poderoso, así sea el mismísimo presidente de los Estados Unidos, puede impedir que el periodismo deje de vigilar su comportamiento y su conducta. Así son las cosas, gústele o no a Donald Trump.
Editorial Vive Barranquilla, Blu Radio