“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes, como huevos prehistóricos”.

¿Quién de nosotros no ha escuchado o leído alguna vez estos párrafos magistrales que son el comienzo de una de las obras literarias más importantes del Siglo XX? ¿Quién no se ha metido de cabeza a navegar en sus aguas agitadas y profundas, mientras trata de entender la locura colectiva de los Aurelianos y los Arcadios y las Rebecas y las Petras Cotes y las Remedios, delirantes de amor y celos? ¿Quién no se ha mostrado compasivo con Ursula Iguarán, al parecer, la única cuerda de esa manada de locos que un día cualquiera llegaron para comenzar a poblar a Macondo, ese pueblo de “veinte casas de barro y cañabrava”, que hoy habitamos todos? ¿No somos nosotros, acaso, los Aurelianos y los Arcadios y las Remedios y las Petras Cotes y las Rebecas, de ese Macondo, mágico y febril que Gabriel García Márquez creo a nuestra imagen y semejanza?

Un Macondo delirante donde todo puede pasar, desde enjambres de mariposas amarillas que escoltan a un hombre sufrido que se puede morir de amor, hasta bellas adolescentes que se elevan al cielo y se pierden en el firmamento para nunca más volver. Macondo no es, pues, un lugar en la tierra, sino un estado del alma. Para los hombres y mujeres de nuestro Caribe radiante y altivo, paciente y eufórico -todo a la vez- Macondo es nuestro hábitat natural. Es la piel que nos cubre y la casa que llevamos a cuestas.

Hoy ese genio llamado Gabriel García Márquez cumpliría 90 años de vida y hoy también celebramos los 50 años de haber sido publicada en Buenos Aires, Argentina, la primera edición de Cien Años de Soledad, la obra que cambió la historia de la literatura universal y que le dio a Gabo el Premio Nobel. La literatura universal fue otra después de la llegada de los Buendía. Cien Años de Soledad significó la bocanada de aire fresco que todos estábamos necesitando para entender de dónde venimos y para dónde vamos. El descubrimiento de ese universo mágico y real nos trastornó la vida para siempre. ¡En buena hora!

Hace cinco décadas también Editorial Suramericana sacó al mercado el primer ejemplar de la novela que nos enseñó a mirarnos en el espejo de nuestras miserias y nuestra grandeza. La obra con más traducciones y la más leída en lengua española, a la par del Quijote, de Miguel de Cervantes. Hace 50 años salió al mercado la novela que nos mostró el camino para dejar atrás cien años de soledad, como hicieron los Buendía, aquellos que habitaron a Macondo, que es nuestro Macondo. Ese Macondo que padecemos y gozamos, que nos enaltece y nos dignifica, el que habita en cada uno de nosotros y nos acompañará por siempre. Ese Macondo que queremos tanto y que tanto nos duele.