El presidente Juan Manuel Santos ha decidido valerse de los refranes populares para tratar de explicar un asunto que no parece fácil de explicar: que los dineros de Odebrecht no ingresaron a su campaña reeleccionista en 2014. Y para no dejar dudas de que la multinacional brasileña fracasó en su intento por penetrar su campaña, afirmó que dicha empresa le fue “como a los perros en misa”. Es decir, le fue mal, pues asume el Presidente que nadie quiere a los perros en las misas. (Vea aquí el video con las declaraciones).

Aunque no quiero entrar en controversias perrunas con Santos, lo cierto es que he visto perros muy felices en las iglesias. Llegan, miran, se acercan a los feligreses, husmean en sus bolsillos, agitan su cola y luego se echan a dormir a pata suelta. Los perros -lo digo porque los he visto, Presidente- suelen dormir más relajados en las iglesias. Algunos no esperan ni siquiera la lectura del Evangelio.

No tienen que dar limosnas, tampoco están obligados a darse el saludo de la paz con sus enemigos, como hacen ciertos políticos. Conozco de unos que han ido hasta el mismísimo Vaticano para que Francisco los reconcilie. No voy a dar sus nombres para no ser infidente.

Los perros en las misas, se van cuando quieren. Nadie los obliga a quedarse, como ocurre con ciertos políticos, que están en los partidos porque se mueren de susto con el jefe. Otros permanecen, porque si se van despiden a sus recomendados o les quitan los contratos. El perro, en cambio, se va de la misa cuando le da la gana.

Los perros en misa -y fuera de ella- son muy nobles y amorosos. Unos más que otros, Sally Andrea, por ejemplo, adora a su abuela y a sus padres, pero también es cariñosa con todos aquellos que le muestran afecto. No es cierto, Presidente, eso de que el perro muerde la mano de quien le da de comer. Quien sí lo hace es el hombre. La traición y la deslealtad son propias de los hombres, no de los perros.

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