Al Rocky Valdez siempre lo vimos sonriente. Su llanto fue íntimo, como el de esas fieras que llegan a su guarida a lamerse las heridas, después de librar peleas sangrientas. Los colombianos no conocimos las lágrimas del Rocky, ni cuando ganó ni mucho menos cuando perdió. Y ganó muchas veces y perdió pocas. Las peleas del Rocky Valdez fueron batallas en las que debió enfrentarse a verdaderos mamuts de cientos de toneladas de peso, como ese tal Benny Briscoe, a quien derrotó a puño limpio en dos oportunidades.

Pero Rocky Valdez no fue el más grande boxeador colombiano por sus triunfos, sino por sus derrotas. En un mundo que premia a los vencedores y castiga a los vencidos, Rocky Valdez se volvió leyenda porque las dos veces que perdió con Carlos Monzón en Montecarlo nos enseñó que un campeón puede perder, pero primero tiene que hacerse matar. Rocky salió muerto de sus combates con Monzón y Monzón también. Pero cuando ambos llegaron a sus camerinos, después de haberle destrozado el rostro a su rival y haberle molido los riñones a golpes, allí el orgullo y la dignidad se encargó de revivirlos. Eran héroes.

Héroes ambos, pero muy distintos. En lo único que Monzón y Valdez se parecían era en sus orígenes. Los dos venían del barro, de la miseria, del hambre. Eran sobrevivientes. Ambos le vieron el rostro a la muerte cuando niños. En todo lo demás Monzón y Valdez eran antípodas. Monzón frío, calculador y certero con ese jab que llegaba limpio como un rayo a estrellarse contra su enemigo. Rocky era pasión pura. Dinamita camuflada en un par de guantes de boxeo. Rocky no conocía de asaltos de estudio. Con Rocky era a lo que vinimos. Y él siempre venía a hacerse matar, por eso gustaba tanto su boxeo. El Rocky era un boxeador honrado, que pagaba con rectos y jabs cada peso que pagaban por verlo pelear. Le decían La Fiera.

A Rocky la Gloria le llegó con las derrotas. A diferencia de Pambelé o de Happy Lora, que todos recordamos triunfadores, el Rocky Valdez se nos aparece en los sueños siempre perdedor. Pero sus derrotas fueron dignas y altivas, sin lágrimas, como pierden los héroes. Sus heridas se las curó en su casa, de donde salió siempre sonriente, después de un buen reposo. El Rocky salía como todo un “Champion” de su casa.

El Rocky Valdez -ex campeón mediano del Consejo Mundial de Boxeo- nos dijo adiós esta semana en su bonita Cartagena, de donde nunca quiso salir y donde estaban sus amigos de Olaya y La Boquilla. Amigos que lo esperaban siempre después de cada batalla, para compartir un buen sancocho de sábalo y una buena partida de dominó. El Rocky se fue feliz y cubierto de Gloria, la Gloria que -como nunca sucede en el deporte- a él le llegó con las derrotas.