Pablo Armero no debió ser convocado a la Selección Colombia de Fútbol que mañana disputará un partido decisivo contra Bolivia en el estadio Metropolitano “Roberto Meléndez” de Barranquilla. Las razones no son deportivas -aunque podrían serlo, dado que Armero no pasa por su mejor momento- sino personales y sociales, si se quiere. Armero es un mal referente para la sociedad. Su comportamiento personal está muy lejos del que se espera de alguien que luce el uniforme de la Selección Colombia.

Pablo Armero ha sido denunciado en varias oportunidades por sus compañeras sentimentales o permanentes de haberlas maltratado, aunque los cargos han sido retirados horas o días más tarde. Pesan sobre él serios señalamientos de atentar contra la integridad de sus parejas. Y ese solo hecho debe ser motivo para que José Pékerman, técnico de la Selección Colombia, lo excluya de todas las convocatorias.

Armero no puede ser premiado por su conducta antisocial. Todo lo contrario: debe ser castigado con severidad y una buena manera de hacerlo es dejarlo por fuera del equipo nacional. En Colombia -señor Pékerman- son maltratadas y abusadas decenas de mujeres todos los días. Otras son asesinadas por energúmenos o intolerantes, que las consideran como propiedad privada sobre la cual pueden realizar todo tipo de acciones criminales. Llamar a Armero a la Selección es enviarle el mensaje equivocado a la sociedad de que un buen deportista puede hacer todo lo que le venga en gana, inclusive aquello que está por fuera de la Ley.

La obligación de quienes son referentes sociales -y los jugadores de la Selección Colombia lo son- es la de comportarse dentro y fuera de un campo de juego de manera ejemplar. Esa también es su responsabilidad, así a muchos no les guste. Armero debe recibir una “sanción social” que castigue su conducta. Hay -si se quiere- muchas maneras de asistirlo, entre ellas la ayuda profesional, que seguramente le fue ofrecida por la Selección. Pero no puede recibir como premio volver a portar el uniforme nacional.

Que sepa José Pékerman que su decisión es contraria a la de un país que lucha todos los días por acabar con el flagelo del maltrato a la mujer, que tantas víctimas ha dejado. Que sepa Pékerman que un futbolista no sólo debe patear bien un balón y hacer muchos goles. Ello no es suficiente. Hay principios y valores que deben primar sobre esa condición o cualidad, entre ellos el respeto a la mujer, cuya integridad debe ser preservada, tanto física como psicológicamente. Algo que -por desgracia- Armero ignora. Y Pékerman -por lo visto- también.

Editorial escrito para #ViveBarranquilla de @BluRadio