La única -y la última- fachada que le queda al régimen chavista que controla a Venezuela desde hace 17 años son las elecciones. No tienen más. Todas las otras -incluyendo la separación de poderes- se fueron derrumbando como las fichas de un dominó. O mejor: las derrumbaron los chavistas, desde el mismo Hugo Chávez hasta este sátrapa llamado Nicolás Maduro, tan incompetente como corrupto, al igual que Diosdado Cabello, mucho más incompetente y más corrupto que el propio Maduro. 

Ellos se encargaron de levantar a patadas la mesa. Ellos violaron todas las reglas del juego, las que encontraron y las que crearon para perpetuarse en el poder. Ellos amordazan a la prensa, persiguen y meten presos a los opositores, como Leopoldo López y muy pronto a Henrique Capriles. Ellos están detrás de los francotiradores que disparan a la multitud dese los edificios de las entidades del Estado en Caracas. Ellos mandan a los pilotos de los helicópteros que sobrevuelan la ciudad que les arrojen bombas a los manifestantes, que se resisten a abandonar las calles, que es lo único que la dictadura no ha podido arrebatarles.
Y ahora que el agua le está llegando al cuello, Maduro -como el ahogado que en su desespero busca una tabla de salvación- anuncia que está dispuesto a celebrar otras elecciones, no nacionales, sino regionales, las mismas que había cancelado recientemente, como canceló el referendo revocatorio, que contempla la propia Constitución que Chávez escribió con su puño y letra.

Y lo dice con grandilocuencia para que no se le note el miedo que lo acosa y lo dice sentado, para que nadie vea cómo le tiemblan las rodillas y le sudan las posaderas. Maduro sabe que no volverá a perder otras elecciones, como las pasadas que llevó a la oposición a controlar la Asamblea Nacional, razón por cuál ordenó hace 15 días al Tribunal Superior de Justicia (TSJ), que le quitara sus poderes para entregárselos a él. Sabe que no volverá a perder elecciones, aunque las pierda. Mientras el Consejo Electoral sea de su bolsillo, como lo es ahora, Maduro no saldrá de Miraflores.

El abuso del TSJ contra la AN fue la gota que revosó el vaso. Esa es la gota que tiene a millones de venezolanos en las calles desde hace cinco días,  tragando gases lacrimógenos que les disparan los de la Guardia Nacional y la Policía, inclementes con quienes reclaman el fin de la dictadura chavista. La “arrechera” de los venezolanos es tal que no les importa ni los heridos -que superaron los 200 atendidos en hospitales y clínicas- ni los muertos, ni los detenidos. “De aquí no nos vamos hasta que se acabe esta mierda”, grita colérico un joven estudiante en las calles de Caracas.

La dictadura venezolana se quitó la careta y millones de venezolanos también. Perdieron el miedo. “Nos quitaron todo, hasta el miedo”, dice el cartel de uno de las manifestantes de Caracas. Y la comunidad internacional también empieza a perderle el temor al régimen chavista, que a punta de petróleo regalado compró la solidaridad de buena parte de los gobiernos latinoamericanos. La Organización de Estados Americano (OEA), bajo la batuta de su secretario general, Luis Almagro, se decidió a aplicar la Carta Democrática, para tratar de meter en cintura a un régimen desbocado, que se ensañó contra la población civil.

Venezuela está, pues, en las calles. Resuelta a poner fin a la pesadilla chavista, que tiene al 75 por ciento de sus habitantes viviendo en la pobreza, al 33 por ciento de la población comiendo tan solo una o dos veces al día, con una hiperinflacion sin precedentes, con las Fuerzas Militares untadas de corrupción y con altos oficiales al frente del “Cartel de los Soles”, una poderosa organización narcotraficante, que hace de las suyas en las propias barbas de Maduro y compañía.

El país va al garete. La comida escasea. El hambre acosa a los niños, que se alimentan de sobras que encuentran en las canecas de basuras. Las fábricas cerraron. O mejor: las cerraron Chávez y Maduro. Nadie produce. Hay un ejército de “expropiados” a lo largo y ancho del país, con los brazos cruzados, porque los chavistas les quitaron todo. Hoy los chavistas tienen panaderías, pero no tienen pan. Tienen zapaterías, pero no tienen zapatos. Tienen ganaderías, pero no tienen ganado y por consiguiente no tienen carne ni leche. Tienen hoy lo que no habían tenido antes, pero carecen de lo que siempre tuvieron. Y los únicos culpables de esa tragedia son los jefes del llamado Socialismo del Siglo XXI, la peor farsa que ha conocido la Humanidad en la historia reciente. Ya es hora de que respondan. Tanta crueldad no puede quedar impune.