El comportamiento demencial asumido por Nicolás Maduro en Venezuela ha llevado a Juan Manuel Santos a endurecer su posición con quien fuera no sólo su “nuevo mejor amigo”, sino el garante de las negociaciones de paz con las FARC en La Habana y con el ELN en Quito. Por cuenta de Maduro, el Presidente Santos vive una situación muy compleja, puesto que Venezuela no sólo es un país hermano, sino el lugar de residencia de 5 millones 500 compatriotas. Los desencuentros con Venezuela han escalado, en la medida en que la crisis interna se agudiza en el vecino país y Maduro y sus  aliados no encuentran solución a su precaria situación política, económica y social.

Al empeorarse los hechos, Maduro endurece su discurso -y sus acciones- contra Colombia, creyendo -de forma equivocada- que el trasnochado anticolombianismo venezolano le permitirá recuperar la gobernabilidad perdida. Ese discurso -efectivo en otras épocas- ya no tiene el respaldo popular del pasado. ¿La razón? Los tiempos cambiaron y hoy es Colombia la que ofrece refugio y asistencia a nuestros hermanos venezolanos, como lo evidencia la llegada masiva de decenas de ellos a toda la Región Caribe.

Santos -por su parte- se ha visto obligado a abrir otro frente de combate, como si la implementación de los acuerdos de La Habana con las FARC, su paupérrimo respaldo popular y la frenada en seco de la economía no fueran suficientes. Hoy Santos debe preocuparse tanto por Maduro, como por contener a la oposición, encabezada por los ex presidentes Álvaro Uribe y Andrés Pastrana, quienes también endurecieron su discurso en su contra.

El último episodio del choque entre Santosy Maduro -o mejor: el más reciente- se desencadenó por una frase escrita por Santos en su cuenta de Twitter, según la cual él advirtió a Hugo Chávez, hace seis años, del fracaso de su revolución. La imprudencia de Santos -quizás con el propósito de ganar puntos con Donald Trump, luego del encuentro de éste con Uribe y Pastrana en un club exclusivo de La Florida- desató la ira de Maduro, quien en una alocución televisada en cadena nacional, amenazó con “revelar los secretos de la negociación con las FARC. “Colombia es un Estado fallido -afirmó Maduro- y voy a contar toda la verdad sobre el proceso de paz. Además, tengo información de inteligencia que demuestra que se está preparando una matanza contra los líderes de las FARC que firmaron La Paz”.

Es evidente que la situación se agravó por la torpeza de ambos. Santos, porque no tiene cómo probar lo que le habría dicho a Chávez, puesto que el único testigo de la supuesta advertencia está muerto y eso dificulta un poco las cosas. Y Maduro, porque se vale del chantaje para presionar a Santos, lo que muestra el verdadero talante del “garante de paz” que tiene el gobierno colombiano. 

¿Qué debe hacer Santos? Responder con firmeza y carácter, pero “sin pisar el peine”, como dicen los venezolanos; es decir, sin caer en la trampa  de la provocación, que es -sin duda- a lo que juega Maduro. De crearse este escenario, es mucho más lo que perdería Santos que Maduro, cuyo oxígeno es cada día más escaso. A Maduro no hay que quitarle la pala con la que está cavando la tumba de la llamada pomposamente “Revolución del Siglo XXI”. 

Colombia debe recuperar el liderazgo diplomático que por años mantuvo en América Latina, desde los tiempos de la creación de la Organización de Estados Americanos (OEA) en Bogotá, durante el gobierno de Alberto Lleras Camargo. La voz de Colombia ha sido escuchada y atendida por todos los países del área. Colombia lideró la creación del Grupo de Contadora, en tiempos de Belisario Betancur, que fue fundamental para la pacificación de Centroamérica. Colombia ha sido el aliado estratégico más importante que ha tenido los Estados Unidos en la región, como lo evidencian las excelentes relaciones de los gobiernos de Pastrana y Uribe, cuando se puso en marcha el llamado Plan Colombia.

La obligación de Santos -ahora investido con la dignidad de Premio Nobel de Paz- es recuperar la vocería de Colombia en el Continente, para contribuir a desenmascarar el régimen chavista,  su abuso contra los opositores y su comportamiento criminal contra la población. Santos no puede caer en la provocación de Maduro, pero tampoco puede dejarse chantajear. Si Maduro quiere contar “los secretos de la negociación con las FARC”, pues los cuente. Pero acceder a sus pretensiones es asumir una posición sumisa y humillante que nada tiene que ver con nuestra tradición como nación democrática y respetuosa de los derechos de los ciudadanos.

Santos y su Canciller -María Ángela Holguín- deben saber que en la diplomacia, la firmeza y el carácter no riñen con las buenas maneras. Todo lo contrario: se complementan. Nuestra Canciller ha tenido paciencia extrema con el régimen chavista. Siempre responde con un Ramo de Olivo a las constantes agresiones de Maduro, pero todo tiene un límite y hasta el más paciente se cansa. ¿A qué juega Maduro? ¿Qué debe hacer Colombia? ¿Qué tan “fariano” es Maduro y qué tan “maduristas” son las FARC? ¿Qué dice la comunidad internacional?

El gobierno de Maduro, un cadáver insepulto

El chavismo agoniza. Maduro y Diosdado Cabello, entre otros, se encargaron de estrangular lo que llegó a ser una ilusión de cambio social en América Latina. Cada día son menos los que creen en la Revolución del Siglo XXI. Con la excepción de las FARC -que en boca de alias Iván Márquez, sostienen que imitarán ese modelo-, de Piedad Córdoba -que besa las fotos de Chávez con devoción-, de Gustavo Petro -que reproduce en las redes sociales las mentiras de los chavistas, como esa según la cual el Hospital Materno Infantil de Caracas fue atacado por la oposición-, muy pocos creen en la Revolución del Siglo XXI. Ese modelo fracasó con rotundo éxito. Punto. Con una inflación del 800 por ciento, con 500 mil empresas cerradas en los últimos 15 años, con mendicidad y hambre galopantes, con más de 30 muertos en las calles, durante las últimas marchas opositoras, con más de 1.500 detenidos en las jornadas de protesta, con decenas de desaparecidos, entre ellos muchos estudiantes, el gobierno de Maduro es un cadáver insepulto.  Pretender solucionar los problemas causados por la Revolución con más Revolución es absurdo. La provocación a Colombia es, pues, un acto desesperado de quién se encuentra al pie del precipicio. Y ese peine no lo puede pisar Santos.

¿Es Santos chantajeable por Maduro?

Amenazar con mostrar “los secretos de la negociación con las FARC” es una estolidez de Maduro. Otra más. Esperamos que esta sirva para que Santos conozca la catadura de quien estuvo en la mesa de La Habana como “garante de los diálogos”. ¡Con esos nuevos amigos, para qué enemigos! Ningún Gobierno es chantajeable por otro. Ni el más insignificante. Un Presidente que cede ante el chantaje de un homólogo se cae. O lo tumban. Santos confió en Maduro como confió en Noruega. El tono amenazante y chantajista de Maduro no es contra Santos: es contra Colombia. Esa es la reacción desesperada de quién se juega sus restos. Desde un comienzo se le advirtió a Santos que ni Chávez ni Maduro eran confiables para dejar sobre sus hombros la responsabilidad de ser garantes de las negociaciones de paz con las FARC. Conociendo las calidades del “socio” que se consiguió, Santos debe ahora pisar el acelerador para que el mundo sepa las atrocidades cometidas por el régimen chavista. El liderazgo diplomático que por décadas ejercició Colombia, no es gratuito. Santos debe recuperar los espacios de los organismos internacionales, como la ONU y la OEA para desenmascarar a Maduro y sus aliados.

El silencio cómplice de la izquierda colombiana

La crisis de Venezuela también ha servido para desnudar las debilidades de la izquierda democrática colombiana. Ninguno de sus voceros -desde los más radicales hasta los más moderados- ha denunciado con firmeza los abusos del chavismo venezolano. Ni uno solo. Todos han guardado silencio ante la tragedia del pueblo venezolano. El cálculo político, la solidaridad ideológica y las afinidades de todo tipo con Maduro y compañía, silenciaron las voces -otras veces recias- de los voceros de la izquierda nacional. Ni Sergio Fajardo, ni Claudia y Clara López, ni Piedad Córdoba, ni Jorge Robledo, ni Gustavo Petro, han condenado los crímenes cometidos por la Guardia Nacional Bolivariana, la Policía, o las llamadas “Milicias Bolivarianas”, que son los sicarios al servicio del régimen chavista. Esa especie de “silencio cómplice” es lo que más llama la atención en momentos en que el país se dispone a elegir Presidente de la República el próximo año. ¿O es que acaso a todos ellos les gusta el modelo chavista venezolano, pero no lo dicen abiertamente, como si lo hacen los jefes de las FARC? ¿Cómo explicar su sospechoso silencio ante la gravedad de lo que sucede en Venezuela?

Venezuela le perdió el miedo a Maduro

Hay un momento en la vida de los pueblos en que dicen: ¡No más! Y es cuando deciden cruzar el Rubicón. De ahí viene el clásico “Alea Jacta Est”, o el “Ni un paso atrás, siempre adelante y lo que fuere menester, ¡Sea!” de nuestros comuneros Galán y de Alcantús en su lucha contra la tiranía española. Los pueblos se deciden cuando pierden el miedo y el miedo se pierde cuando se pierde la esperanza. Eso es lo que pasa en Venezuela. La falta de alimentos y de bienes básicos tienen a los venezolanos en las calles, enfrentados a la más cruel represión por parte de Maduro, un sátrapa de marca mayor, al que le quedó grande el legado de Chávez, quien por lo menos tenía carisma y era más inteligente. Maduro nada tiene que envidiarle a un Leonidas Trujillo, a un Pinochet, a un Somoza, quienes hacen parte de la galería de la infamia latinoamericana. Maduro está masacrando a Venezuela. Por esa razón espero que no sólo lo juzgue la Historia, sino -sobre todo- la Corte Penal Internacional.