¿Qué hubiera sido del Vallenato y de la Política regional y nacional si el destino con su trazado insondable hubiese llevado por caminos diferentes a Alfonso López Michelsen, Consuelo Araújo Noguera y Rafael Escalona Martínez?

La pregunta no sólo es pertinente ahora que celebramos con júbilo y profunda emoción los primeros 50 años del Festival de la Leyenda Vallenata, sino que nos permite adentrarnos en los terrenos de la vida y la obra de las tres figuras más representativas de nuestro universo musical en la historia reciente. A ellos habría que sumar los nombres de Gabriel García Márquez, nuestro Nobel de Literatura, y el del siempre recordado Pedro Castro Monsalvo.

López, Consuelo y Escalona, seguramente hubieran logrado -cada uno por su lado- una destacada figuración nacional. Los tres gozaban de una condición fundamental para alcanzar las metas propuestas: Inteligencia. Si algo los caracterizó en todo su ciclo vital fue esa especie de don natural que diferencia a unas personas de otras.

López -“El Doctor López”- fue brillante desde muy niño, como consta por su paso por distintas escuelas y universidades del país y del mundo, donde su impronta no fue otra que la excelencia académica. Consuelo -nuestra querida “Cacica”- de igual manera mostró desde su infancia no sólo el carácter recio que la distinguió, sino también su desmesurado interés por conocer todo lo que tenía que ver con nuestra cultura y nuestra cosmogonía. Y Escalona -“El Maestro Escalona”- no había terminado de abandonar el tetero cuando ya les sacaba versos a sus seres queridos y a los malqueridos también, costumbre que por fortuna nunca perdió. Se trata, pues, de mentes privilegiadas y luminosas desde todo punto de vista.

De manera que -de no haberse cruzado sus caminos- López hubiese sido un gran político, Consuelo una gran líder cultural y política del Cesar y de la Región Caribe y Escalona, uno de los más grandes compositores de la música Vallenata. Pero quiso el destino que sus mundos se encontraran y con ello no sólo cambiaron sus vidas, sino la de todos nosotros, pues sin ellos tres juntos, seguramente, todo sería diferente.

¿Cómo se produjo el milagro para que se conjugaran López, Consuelo y Escalona? Empecemos por López. Lo primero que hay que decir es que Alfonso López Michelsen era menos cachaco de lo que parecía. Y parecía mucho. No sólo por su porte de “rolo distinguido” y sus finos gustos al vestir, sino por su entonado y pausado acento al hablar. López era una rara especie -ya extinguida por cierto- de un hombre que hablaba como cachaco, caminaba como cachaco, vestía como cachaco, pero era costeño. O si se quiere: era más costeño que cachaco. López era en su médula, un Hombre Caribe, que es el término preciso que nos identifica a todos los que hemos tenido el privilegio de poblar este universo mágico al que el inmortal Gabo llamó Macondo.

Y López era un Hombre Caribe, porque por sus venas corría sangre Caribe. La sangre de los Pumarejo. Desde los más emprendedores, que hicieron obras de desarrollo y crearon industrias y empresas, hasta los más parranderos, como “Pocholo” Pumarejo, que cayó ensartado por los cuernos de un toro matrero en una tarde de corralejas. De manera que López era Caribe no sólo porque aquí nacieron sus ancestros, sino -sobre todo- porque aquí murieron varios de ellos. Es bien sabido, como diría Úrsula Iguarán, que uno no es de donde nace, sino de donde muere.

Por esa razón el amor de López con el Cesar -o con la Provincia de Valledupar y Padilla, como se conoció por mucho tiempo- fue un amor a primera vista.  Aquí López dejó de leer los clásicos de Homero, el ciego, para escuchar de viva voz a nuestro propio Homero, el gran Leandro Díaz, que narraba -como aquel- sus vivencias, sus amores, sus triunfos y sus derrotas. Aquí encontró López lo que andaba buscando y que no había hallado ni en Chile ni en México, países donde debió refugiarse por razones políticas. López encontró en estas tierras lo que no pudo hallar en otras: sus raíces.

De la mano de Don Tobías Enrique Pumarejo -el célebre Don Toba- su pariente, recorrió las Sabanas del Diluvio. Por esos lados sembró arroz y fracasó, como muchos agricultores de la zona. Por estos caminos de Dios, López conoció toda la historia de su estirpe por el lado paterno. Supo de la generosidad extrema de Rosario Pumarejo, quien dejó hospitales y escuelas en toda la Región en los tiempos en que su hijo, Alfonso López Pumarejo, ocupó la Presidencia de la República.

Todos sabemos del regreso triunfal de López Michelsen a su casa, el 21 de Diciembre de 1967, cuando siendo canciller de Carlos Lleras Restrepo, se posesionó como el primer Gobenador del Departamento del Cesar. López llegó a Valledupar -de la mano de su esposa, Cecilia Caballero de López, la entrañable Niña Ceci- a pagar una deuda afectiva y a prestar sus servicios al naciente Departamento.

López transformó al Cesar y el Cesar transformó a López. Sin el Cesar, López no hubiera sido “El Pollo López, el Presidente que Colombia necesita”, como lo bautizó en 1974 el Maestro Escalona, siendo esa ocasión la primera y única vez que un paseo Vallenato se convirtió en un himno de campaña electoral. La gente iba a la plaza con interés para escuchar a  López, pero también a bailar  “López es el Pollo”. Al final, ya nadie sabía si los asistentes a las plazas del país iban porque querían bailar “López es el Pollo”, o porque querían escuchar al “Pollo López”. ¡Vainas de este Macondo febril que nos tocó poblar por la gracia de Dios!

En aquellos tiempos idos, los discursos terminaban en parrandas o las parrandas acaban en discursos. De ahí salían futuras campañas presidenciales. Si el palo del patio de la casa de Don Hernando Molina hablara, sabríamos más de la historia nacional de lo que hemos aprendido en los textos académicos.

La Cacica -con su pluma aguda y su verbo encendido- planteaba a finales de los años 60, desde las páginas editoriales de El Espectador, interesantes temas regionales que generaban controversia nacional, siempre secundada -o alcahueteada- por López, figura descollante de la política nacional. La casa de Don Hernando Molina y de su esposa, La Cacica Consuelo, en Valledupar, era el sitio predilecto para desarrollar las mejores tertulias vallenatas. La lista de contertulios era interminable: Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Darío Pavajeau, Miriam Pupo, Rafael Escalona, su compadre, entre otros.

En uno de esos encuentros a finales de 1967 nació el Festival de la Leyenda Vallenata, que hoy nos congrega para celebrarle sus primeros 50 años. El Festival surgió en el marco de las fiestas parroquiales que daban cuenta del milagro que ocurrió durante la época de La Conquista, gracias a la generosidad de la Virgen del Rosario -La Guaricha-, quien salvó a los españoles de la muerte por cuenta del envenenamiento de las aguas de la laguna de Sicarare por parte de los indios.

El tesón de Consuelo, acompañada del compadre Rafael, la laboriosidad de Miriam Pupo de Lacouture, la disposición de Gabo y de Cepeda, así como el apadrinamiento del gobernador López Michelsen y de su esposa, la Niña Ceci, echaron a andar esta maravillosa fiesta nacional que se llama Festival de la Leyenda Vallenata, que todos los años elige un Rey, digno sucesor de Francisco El Hombre, y que este año -como cada década- elegirá a un Rey de Reyes. Gracias a la tenacidad de Consuelo, el sueño de tener un Festival Vallenato con estatura universal se hizo realidad.

La Cacica Consuelo encontró en López y en Escalona los socios perfectos para hacer materializar lo que no pasaba de ser una ilusión. Por cuenta de Consuelo el país empezó a hablar de Vallenatología, es decir del estudio del Vallenato. Y de ahí nacieron los vallenatólogos, que son los expertos en esta música nuestra que defendemos y promovemos desde que tenemos uso de razón. La Cacica fue, pues, quien nos metió a todos en este fascinante universo y en este apasionante embeleco.

Esta triada es la gran responsable de que hoy 50 años después estemos aquí hablando del Festival de la Leyenda Vallenata y de Política, que terminó siendo no sólo un buen pretexto para encontrarnos en Valledupar todos los años en la última semana de Abril, sino una poderosa razón para que el país político nos mire con otros ojos, mientras sus líderes escuchan un romántico son, un cadencioso merengue, un rítmico son y una briosa puya.

Desde los tiempos de Alfonso López no ha habido un solo Presidente de la República que no haya asistido a un Festival de la Leyenda Vallenata. Todos -sin falta- han venido a Valledupar y la Primera Dama ha encabezado el tradicional Desfile de Piloneras. La ciudad de los Santos Reyes los acoge con cariño y los trata con amabilidad extrema. No importa el color del partido político, ni el balance de su gestión. Desde los tiempos de la Cacica Consuelo, aquí se les quiere por igual. Las diferencias quedan a la vera del camino, al menos mientras pasa el Festival. Ya tendremos tiempo después para librar la batalla política con ardentía y pasión, como corresponde.

Ese baño de popularidad siempre cae bien a unos mandatarios acostumbrados a recibir palo porque bogan y palo porque no bogan. La verdad es que hay unos que bogan más que otros, pero no voy a dar nombres porque prometí, no meterme en esas arenas movedizas. Aquí llegó Ernesto Samper con el proceso 8.000 a cuestas a contarnos de las hazañas de sus bisabuelos guajiros, quizás con la esperanza de que lo miráramos con ojos de piedad. Vino Andrés Pastrana y jamás se topó con una silla vacía, como aquella que esperó por horas a Manuel Marulanda en el Caguan. Estuvo también Álvaro Uribe con su mano tendida y su corazón grande, recibiendo el respaldo del pueblo Vallenato. Y también nos visitó Juan Manuel Santos, con la Paloma de La Paz en la solapa y con la convicción de lograr lo que ninguno de sus antecesores pudo hacer: desmovilizar a las FARC y poner fin a más de 50 años de conflicto armado con ese grupo guerrillero. Que todo hay que decirlo.

A varios de ellos, Valledupar les ofreció bálsamos para sus heridas o sirvió de refugio para capotear el vendaval. El alma Vallenata, generosa y noble, los acogió con cariño y respeto, como hace siempre con quienes vienen a disfrutar de la fiesta más auténtica del país, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Todos estos logros tienen también un tercer protagonista: Rafael Calixto Escalona Martínez, el célebre Maestro Escalona, corazón del Valle del Cacique Upar y símbolo del Vallenato para el mundo. Sin López, sin Consuelo y sin Escalona, el Festival no sería lo que es en estos primeros 50 años.

En alguna oportunidad el ex presidente López habló de cómo terminó siendo protagonista de este universo enamorador. Y narró una historia que me cautivó. Dijo López que en Bogotá primero conocieron al Tite Socarrás, al Cachaco Benavides, al Mayor Blanco, a la Vieja Sara, a Juana Arias y a la Brasilera, que al Maestro Escalona, el padre de las creaturas, puesto que fue él quien los universalizó con sus cantos.

El ex presidente López le dio importancia capital al llamado Grupo de los Magdalenos -llamado así porque todos sus integrantes residían en el tradicional barrio de La Magdalena en Bogotá- quienes se encargaron de abrir el sendero para que el Vallenato terminara colonizando a la capital de la República y sea nuestra música más representativa. “De ese grupo -dijo López en aquella ocasión- hicieron parte Hernando Molina, que estudiaba en Bogotá; Jaime García Parra, Rafael Rivas, Hernando Zuleta, Pacho Herrera, Fabio Lozano Simonelli y Miguel Santamaría Dávila,  entre otros”.

Esa cofradía de cachacos prominentes quedaron deslumbrados cuando escucharon a Escalona cantar y contar las historias de los personajes de sus sones, paseos y merengues, quienes eran, además, los personajes de toda la comarca. Uno de esos cachacos connotados terminó siendo también protagonista de un canto de Escalona, él siempre recordado Fabito Lozano Simonelli, mencionado en El Godo Decente:

El avión llegó temprano / de un cielo lejano azul

Trajo a Fabito Lozano / y a Belisario Betancur

El uno es muy liberal / el otro es godo decente

Dos tipos tan importantes / que pueden ser Presidentes

Los liberales vallenatos le negaron el saludo a Escalona por algún tiempo por haber cometido la herejía de mencionar a un godo en uno de sus cantos, por muy decente que fuera. Pero el tiempo no sólo le dio la razón al homenajear a un conservador, sino que mostró el agudo olfato político del Maestro, porque años después Belisario Betancur llegó a la Presidencia de Colombia, luego de varios intentos, eso sí.

Escalona fue protagonista de primer nivel del folclor Vallenato, lo sigue siendo y seguirá siéndolo por muchos años. Su genio creativo sirvió para que grandes hombres de la política regional, como Pedro Castro Monsalvo, se convirtieran en referentes nacionales, gracias a su gestión, pero también a la generosidad de Escalona de tributarles homenajes en sus paseos, merengues y sones.

Y en otras oportunidades, la figura de Escalona sirvió para que otros compositores les pasaran cuenta de cobro a sus amigos políticos. Es el caso de Armando Zabaleta, la lengua más punzante de la música Vallenata por mucho tiempo. En La Garra, Zabaleta le dispara munición gruesa al presidente Guillermo León Valencia por regalarle a Escalona una garra de águila que él había cazado muy joven en Popayán:

Escalona tiene una garra de águila que Valencia le obsequió /

En la fiesta Vallenata que él hizo en el Palacio Presidencial /

Una de las primeras que él mató/

Cuando estaba muy niño en Popayán/

Con su dedicatoria se la dio/

Hoy se la lleva pa’ Valledupar/

Valencia dice que cuando se tiene garra se puede padecer/

Porque él dice que con ella es que sus enemigos se ha salvado/

De ahora en adelante no sé qué va a hacer/

Porque Escalona lo dejó desgarrado/

El no ha debido haberla regalado/

Hasta no haber entregado el poder

Y para que no quedara duda alguna de su generosidad y especial afecto por sus amigos, Escalona registró con sus versos el momento más sublime que ha vivido hasta hoy un Hombre Caribe: el Premio Nobel de Literatura, otorgado a Gabriel García Márquez en Estocolmo en 1982. De esta manera, el Maestro le rindió un homenaje a Gabo y -claro- piropeó a su musa:

Gabo te mandó de Estocolmo / un poco de cosas muy lindas/

Una mariposa amarilla / y muchos pescaditos de oro/

En el nuevo libro de Gabo / él dijo que lo iba a publicar/ 

Que yo me parezco a un gitano / y mi corazón a un imán/

Sabes que Estocolmo está lejos/

Queda muy cerquita del Polo/

Allá se camina en el hielo que un gitano trajo a Macondo.

Escalona fue, pues, el emblema musical que el Festival de la Leyenda Vallenata necesitaba para abrir todas las puertas en la capital de la República, que si hoy queda lejos, en esa época la distancia era mayor. Con la Cacica a su lado -fogosa y combativa desde su columna Carta Vallenata en El Espectador- juntos fueron derribando muros y prejuicios sociales. Agradecer su gestión, hoy 50 años después, no es nada distinto a un simple y elemental acto de Justicia.

Seguramente habré omitido muchos nombres en este reconocimiento público a esta especie de gesta, pero es por mala memoria, pero no por mala fe. Destaco, por ejemplo, el particular interés y la generosa gestión de Aníbal Martínez Zuleta, en aquellos años flamante Contralor General de la República, quien supo tenderle sus manos a los provincianos que llegaron a Bogotá a labrarse un destino, mientras espantaban el frío que calaba sus huesos, tocando una caja -como Pablito López- una guacharaca -como mi queridísimo hermano Tomás Alfonso “Poncho” Zuleta Díaz- un acordeón -como el insuperable Emilianito Zuleta Díaz- o simplemente haciendo de “ayhomberos”, como muchos de los que estamos reunidos hoy aquí.

Pero abusando de su generosidad, que espero que Dios me de licencia para pagarles a todos, tanto afecto y cariño, quisiera terminar esta intervención planteando una reflexión: ¿Qué nos pasó? ¿En qué momento nos desviamos del camino como Sociedad -o como Comarca, que es una palabra que me gusta más- y nos fuimos por el atajo del egoísmo, la envidia y la maledicencia? ¿Qué se hicieron los valores de la Amistad -tan exaltados por Escalona, tanto que inmortalizó a todos sus amigos con sus cantos, desde Jaime Molina, hasta el Tite Socarrás, pasando por “Sabitas”, al que se atrevió a comparar con un maluco armadillo.

Todavía estamos a tiempo de volver a la senda que López, Consuelo y Escalona nos trazaron. Pero para ello -eso sí- tenemos que mirarnos en ese espejo todos los días. Debemos leer sus textos, escuchar sus canciones y rescatar sus valores. 

Por ello repito la tesis que formulé al comienzo de este texto: seguramente López, Consuelo y Escalona -cada uno por su lado- hubiera alcanzado el reconocimiento y hasta la gloria que la vida les prodigó, pero estoy seguro de que cuando el destino o la Divina Providencia los reunió a los tres, entonces cada uno superó sus propias expectativas, porque sabían que no estaban solos, que a su lado estaba la Comadre Consuelo, el Pollo López y el Maestro Escalona. Ahí estuvo -sin duda- la semilla que los llevó a los tres al sitial que hoy ocupan y que nosotros -de forma humilde- hoy exaltamos.

Gracias,

Valledupar 26 de Abril de 2017