El Gobierno y la oposición mantienen en su máxima intensidad la confrontación verbal que libran desde hace ya varios años. Cada palabra pronunciada por un vocero oficial es respondida de inmediato desde la otra orilla por quienes se oponen al Gobierno. Y viceversa.

Estamos asistiendo a una verdadera batalla campal en la que el ruido ensordecedor de unos y otros nos impide escuchar la verdad de lo que acontece, ante este triste espectáculo la única conclusión a la que estamos llegando es que todos mienten y que ninguna de las partes interesadas dice la verdad.

La intervención del ex presidente Álvaro Uribe en un foro en Grecia, en la que afirmó que en Colombia se han incrementado los cultivos ilícitos y las extorsiones y ha disminuido de forma preocupante la inversión extranjera,entre otras aseveraciones, llevó de inmediato al ministro de Hacienda, Mauricio Cárdenas, a declarar que el ex mandatario “miente en todas sus aseveraciones”. En los mismos términos se pronunciaron nuestros representantes diplomáticos, tanto en Atenas como en Londres.

La entrega de una parte de las armas por integrantes de las Farc también es objeto de todo tipo de cuestionamientos, pues la oposición no cree en la misma hasta tanto no haya un registro gráfico o audiovisual del hecho.

Ni la presencia de delegados de la ONU como garantes sirve de prenda de garantía. Mucho menos les genera credibilidad las palabras de los voceros del Gobierno o las de los jefes de las Farc. Nadie cree en nadie y esa incredulidad generalizada se traduce en una mayor desconfianza por parte de la opinión pública.

De esta manera, lo único que se logra es minar la credibilidad en las instituciones y en los procesos, que es lo que ha venido sucediendo en los últimos años en Colombia.

Hoy lo qué hay en el país es un pesimismo generalizado y creciente en el que reina la sensación, o la percepción, de que todo está perdido y de que nada ni nadie nos podrá salvar de la hecatombe que se avecina. Hoy lo que hay en Colombia -por desgracia- es un descreimiento absoluto en el presente y -peor- en el futuro.

Nuestros máximos dirigentes decidieron feriarse la credibilidad institucional en una guerra de egos en la que lo único cierto es que no habrá un ganador, pues todos seremos perdedores. Así de simple. Así de cruel y así de trágico.