Llegó Teo. Así de simple. Así de claro. Así de categórico. Así de contundente. Llegó Teo Gutiérrez a Barranquilla. Volvió al Junior de sus amores. Retornó a su tierra, a su casa, a su barrio, a su esquina en La Chinita, donde lo vieron crecer y lo vieron reír y lo vieron llorar. Llegó Teo y Barranquilla se rindió a sus pies. Curramba lo esperaba con los brazos abiertos, después de varias idas y vueltas. Volvió Teo para quedarse. Volvió para ser campeón de este Junior que camina a la deriva, como un vagabundo sin norte, como aquel enamorado despechado. Junior es eso, un enamorado que no enamora a una afición que se cansó de sus promesas incumplidas, de sus sueños frustrados, de sus fracasos.

Por eso volvió Teo a Junior. Por eso se desató la Juniormanía en Barranquilla. Por eso en todas las esquinas de la ciudad no se habla de otra cosa que del regreso del hijo pródigo. Teo retornó para devolverle al Junior sus sueños y sus ilusiones. No es tiempo de hacer preguntas indiscretas, ni de plantear hipótesis sobre los réditos políticos de la vuelta a casa de Teo29, ni de hacer juicios apresurados sobre su vida privada y su entorno. Teo nos devolverá la alegría de regresar una vez más al Metropolitano Roberto Meléndez para ser felices de nuevo.

Que hay cálculos políticos detrás del retorno de Teo a Barranquilla. Claro que los hay. Nada en esta vida se hace sin medir las consecuencias de las decisiones que se toman, menos en el fútbol que es hoy por hoy uno de los negocios que más mueve millones en el mundo. ¿O es que Maradona llegó al Nápoles de Italia, porque le gustaba comerse diez porciones de pizza al día? ¡No! Maradona llegó al Nápoles porque el sur de Italia necesitaba rebelarse contra el norte. Porque los napolitanos estaban cansados de ser llamados “mafiosos”, “sucios”, “perezosos” y porque -claro- estaban cansados de ver siempre a la Juve de Turín  -“la Bella Señora”- dar vueltas olímpicas, al igual que al Inter y al Milán.

 ¿Por qué ellos sí y nosotros no? Esa pregunta de los napolitanos tuvo respuesta en Julio de 1984, cuando Maradona llegó a Nápoles. Era la lección que los sureños querían darle a los insoportables y prepotentes norteños. El fútbol es como la vida misma. Y la vida misma es una rueda que se mueve por razones políticas. Y Maradona llevó al Nápoles a ganar campeonatos y con sus goles les enseñó a los napolitanos que podían triunfar y que podían ser tan ganadores como los del norte. Y con su llegada los diarios seguieron hablando de La Camorra napolitana, pero también tuvieron que referirse a la zurda prodigiosa de Maradona, a sus goles, a sus triunfos y a los campeonatos del Nápoles.

Es obvio que Teo no es Maradona, ni el Junior es el Nápoles. Pero miremos el fútbol con otros ojos. Teo es un ejemplo de vida, con todos sus errores y con todas sus virtudes. Teo regresa a casa después de varios años de haber salido de La Chinita, esa zona deprimida de Barranquilla, donde varios de sus amigos murieron en hechos violentos, algunos como víctimas y otros como victimarios. Teo regresa sonriente y alegre, como se fue hace varios años. Regresa triunfante. Que lo digan los hinchas de Racing y River Plate de Argentina, del Sporting de Lisboa de Portugal, del Cruz Azul de México, del Trabzonspor de Turquía. Con todos ellos ganó títulos y fue goleador. Teo es el ejemplo vivo para cientos de niños barranquilleros que sueñan con ser como él y que como él también quieren ir y volver triunfantes algún día.

Teo Gutiérrez regresa para devolvernos a los amantes del buen fútbol la alegría perdida, las ilusiones que se esfumaron viendo tantos troncos correr detrás de un balón. Cuando pasemos el sombrero del que hablaba Eduardo Galeano para que un futbolista del Junior nos regale un amague, un túnel, una chilena, un sostenido para anotar un gol de cabeza y un tiro libre al ángulo, podemos estar seguros de que el primero de ellos que lo hará será Teo29. Solo en ese instante sublime vamos a entender porque en Barranquilla hay tanto jolgorio, tanta alegría y por qué -señoras y señores- hay tanta ilusión. Antes no.