La dejación de las armas por parte de las Farc, después de 53 años de haberle declarado la guerra al Estado colombiano, constituye uno de los hechos más trascendentales en la historia reciente del país. Ayer las Farc dejaron de existir como grupo guerrillero y su poderosa máquina de terror y muerte quedó desactivada con la dejación de 7132 armas que estaban en poder de sus combatientes. Las Naciones Unidas puede dar fe de ello.

El logro histórico es producto de la perseverancia del presidente Juan Manuel Santos, quien se jugó todo su capital político en esta causa; así como de la constancia del grupo de negociadores, encabezados por el Jefe del equipo, Humberto De la Calle Lombana; y el alto comisionado de Paz, Sergio Jaramillo.

Pero la desaparición de las Farc como grupo guerrillero también obedece a la decisión tomada por sus jefes, quienes entendieron que perseverar en la vía armada para acceder al poder era una verdadera quimera, máxime cuando -como en el caso de las Farc- los golpes militares recibidos y la muerte de varios de sus comandantes, hacia imposible continuar en una empresa a todas luces imposible. Rodrigo Londoño -su máximo comandante- también entendió que el momento histórico los obligaba a abandonar la vía armada para comenzar a buscar el poder por las urnas. Ayer lo reiteró en Mesetas, al lado del presidente Santos: “Ahora vamos a buscar el poder no con las armas, sino con los votos y con el respaldo de los colombianos. Adiós a las armas, adiós a la guerra: bienvenida La Paz”, fue la frase con la que culminó su intervención.

Con la desaparición del grueso de las Farc -no hay que olvidar que varios de sus frentes se declararon en disidencia- quedó desactivada también la mayor fuente de violencia en las zonas rurales del país, pues ese grupo guerrillero fue fundamentalmente una organización armada de naturaleza campesina. Las tomas a los pueblos, los ataques a las estaciones de Policía y a los batallones, así como el secuestro de uniformados, son desde ayer noticias del pasado. Eso es lo que esperamos los colombianos y a eso se comprometieron las Farc.

Ahora bien, la dejación de las armas no significa que ese hecho -sin duda trascendental- deje de ser observado con el rigor que amerita. Es decir: la entrega de las armas por parte de las Farc no puede considerarse “un acto de fe”.

Es necesario que los colombianos -que padecimos la inclemencia de sus demenciales ataques- conozcamos con exactitud y plena certeza cuántas y cuáles fueron las armas que entregaron las Farc. Es necesario que tanto el Gobierno como los jefes del ahora grupo ex guerrillero informen con rigurosidad y exactitud cuántas fueron las armas abandonadas ayer. No puede haber lugar para la mínima sospecha.

Ello es así porque las cifras no coinciden: cuando el presidente Santos anunció que el grupo guerrillero haría dejación de su arsenal, habló de 14 mil armas, pero ayer fueron recibidas por la ONU -como si fuera la totalidad- algo más de 7.000. ¿Dónde están las otras armas? ¿Dónde están las armas de las caletas? O mejor: ¿dónde están las caletas y cuántas son? ¿600? ¿900?

De modo que, bienvenida La Paz con las Farc, pero está visto que con esa organización que ayer dejó las armas, las cuentas deben ser clara y el chocolate tiene que ser espeso, como dice el adagio popular.

Y en lo que tiene que ver con el número de las armas entregadas, se requiere que esas cuentas sean bien claras para que no quede ninguna duda acerca sobre el trascendental hecho ocurrido ayer en el país.