Con la instalación de la Asamblea Nacional Constituyente con poderes plenipotenciarios, Nicolás Maduro y sus aliados políticos dieron un paso más hacia el precipicio al que piensan arrojar a Venezuela. Su temeraria e ilegítima decisión convierte al régimen chavista en una dictadura disfrazada de democracia. El control de todos los poderes públicos, así como la violación de los derechos de los opositores y la limitación extrema de las libertades individuales conducen a vecino país por el camino del totalitarismo. El régimen chavista se quitó la careta, pese a las advertencias de la comunidad internacional.

Al desconocer el poder de la Asamblea Nacional -elegida por la inmensa mayoría de los venezolanos- y tratar de imponer a voluntad de una Constituyente sacada de su bolsillo y elegida de forma fraudulenta, como lo denunció la oposición y la firma Smartmatic, encargada de dar soporte tecnológico a la elección de los 500 constituyentes, Maduro se jugó su última carta por salvar a la fuerza la llamada Revolución del Siglo XXI, puesta en marcha por Hugo Chávez Frías.
En su obstinación por perpetuar el poder del régimen chavista en el vecino país, Maduro desoyó a una comunidad internacional -encabezada por Estados Unidos y a la que se sumó el papa Francisco- que clama por el restablecimiento de los valores democráticos en el vecino país. Francisco -quien se había mantenido al margen de la crisis- pidió la suspensión de la Constituyente, así como evitar el uso excesivo y desproporcionado de la fuerza.
Pero en lugar de escuchar a quienes le exigen una actitud más prudente y mucho más racional, Maduro pisa con mayor fuerza el acelerador para tratar de ganar por las vías de hecho el respaldo popular que ya perdió, como lo reflejan todas las encuestas, donde figura con un apoyo apenas superior al 20 por ciento.
La escogencia de la ex canciller Delcy Rodríguez -aliada incondicional de Maduro- como presidenta de la Asamblea Constituyente, compuesta en su totalidad por amigos del régimen, es la mejor prueba de que Maduro está lejos de reconsiderar las medidas adoptadas hasta el momento y que han sido reprochadas por buena parte de la comunidad internacional. A cada uno de los señalamientos, Maduro responde con prepotencia y cinismo: “Los venezolanos resolveremos nuestro conflicto, nuestra crisis, sin ningún tipo de interferencia extranjera”, declaró en las últimas horas.
Ello no deja de ser una interpretación muy particular del principio de “autodeterminación de los pueblos”, según el cual nadie que esté en contra de los atropellos y violaciones del régimen chavista, puede meterse en los asuntos internos de Venezuela. Pero si lo pueden hacer todos aquellos que están a favor de sus medidas, como sucede con Cuba, el mejor aliado político que tienen Maduro y sus amigos. Es decir: Cuba sí puede interferir -como de hecho interfiere- pero ningún otro país que no piense como los chavistas puede hacerlo. 
Mientras tanto, todos los días son asesinados y encarcelados jóvenes estudiantes, así como dirigentes políticos a los que detienen y liberan según las conveniencias del régimen, como ocurrió con Leopoldo López y Antonio Ledezma, quienes fueron sacados a la fuerza y de manera arbitraria de sus residencias -donde están recluidos, bajo libertad condicional. Ambos fueron separados de sus familias, señalados de “intentar fugarse”. Ledezma -quien presenta severos quebrantos de salud- retornó a su hogar horas más tarde.
El propósito de la Constituyente de Maduro y compañía instalada ayer y presidida por Rodríguez, no es otro que el imponer en Venezuela el llamado Estado Comunal, que limita al extremo todas las libertades individuales de los venezolanos, entre ellos la propiedad privada y la libre asociación. Pero va más allá: la Constituyente chavista quiere la cabeza de los integrantes de la Asamblea Nacional y la de la fiscal, Luisa Ortega, antigua chavista, quien se rebeló ante “el rompimiento del orden institucional” por parte de Maduro. Hace pocos días, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), dictó medidas cautelares de protección a su favor, al considerar que enfrenta “un riesgo inminente de daño irreparable”.
El avasallante comportamiento de Maduro y de quienes hacen parte del régimen chavista, terminó por fracturar la unidad que venía teniendo la oposición venezolana, pues varios de sus dirigentes, entre ellos el ex presidente de la Asamblea Nacional, Henry Ramos Allup, han decidido participar en la selecciones regionales, lo que ha sido interpretado como una claudicación ante el régimen.
En plata blanca ello significa que la oposición venezolana se encuentra de nuevo dividida y con ello el único que gana es Maduro, pues “enfrió la calle” (desactivó las protestas callejeras), le partió el espinazo a la oposición y debilitó a sus líderes, quienes -ya debilitados- serán objeto de todo tipo de persecución por parte del TSJ, amparado en leyes emanadas de la Asamblea Constituyente. Una jugada maestra, sin duda. ¿Qué sigue ahora en Venezuela?

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