Cuenta Aristófanes en su obra clásica Lisístrata que las mujeres de Grecia, cansadas de no poder disfrutar de la compañía de sus maridos, por cuenta de la guerra del Peleponeso entre atenienses y espartanos, deciden un día iniciar una singular huelga para poner fin al conflicto bélico: no acceder a sus deseos sexuales. Es decir, declarar abstinencia sexual masiva, que los lleve a abandonar la guerra para siempre.”¿Y si me obliga?”, pregunta una de ellas, angustiada y preocupada, a la propia Lisístrata, líder de la exótica protesta: “Seré tan fría como el hielo”, responde Lisístrata, al tiempo que pide a las demás mujeres que lo hagan de igual manera: “¡Seré tan fría como el hielo!”, gritan todas al unísono.

La huelga de las féminas produjo los efectos deseados por Lisístrata y sus aliadas, pues al poco tiempo de iniciada, tanto atenienses como espartanos volvieron dóciles y mansos a sus casas a suplicar un poco de placer a sus parejas, quienes -ahí sí- dieron rienda suelta a los deseos reprimidos por culpa de la guerra. Lisístrata demuestra quiénes son las que en realidad mandan en los hogares y desmitifica el cuento aquel de que el poder de la casa está en cabeza del hombre.

Pues bien, un grupo de mujeres de una barrio popular de Santa Marta decidió escenificar una versión criolla del clásico de Aristófanes. El propósito no es poner fin a una guerra, sino conseguir un millón de pesos que les falta para completar los seis millones que les permita comprar un transformador para poder contar con el servicio de alumbrado público. Acá la culpa es de Electricaribe y no del conflicto armado, como para poner las cosas en contexto.

El asunto de las “Lisístratas samarias” es mucho más sencillo y fácil de resolver que el que les tocó a los atenienses y espartanos: o sus maridos se levantan el millón de pesos que les hace falta para comprar el transformador o tendrán que olvidarse de poder disfrutar de los dulces encantos que sus cuerpos les prodigan. “Estamos en huelga de piernas cruzadas”, dice con entusiasmo la vocera de las Lisístratas samarias.

“¿Y si nuestros hombres buscan placer en otros barrios?”, pregunta con timidez una de las huelguistas, que no luce muy convencida de los resultados que arrojará el enorme sacrificio de tener que privarse de la lujuria desbordada que disfruta cada noche al lado de su consorte.

“¡Qué se atrevan, para que vean que les va peor!”, grita nuestra Lisístrata, al tiempo que sus aliadas responden en coro: “Siiiii, que se atrevan y verán cómo les va”. 

¿Podrán los guerreros samarios conseguirse el millón de pesos que les hace falta a sus mujeres para comprar el transformador y poder así disfrutar de nuevo del goce de sus cuerpos? ¿Cuánto tiempo de abstinencia resistirán nuestras Lisístratas? ¿Tendrá Electricaribe un gesto de piedad y rebajará el precio del transformador para que hombres y mujeres de Santa Marta puedan desatar su libido hoy reprimida? Esta historia continuará.