Cartagena sigue a la deriva y sin rumbo fijo, como esos barcos que uno observa desde sus murallas en las tardes de verano. La renuncia irrevocable de su alcalde, Manuel Vicente Duque Vásquez, el popular Manolo, es otro capítulo triste y lamentable de una historia reciente llena de corrupción y desgobierno. Duque -hoy detenido- debió irse, luego de ser investigado por la Fiscalía y la Procuraduría por los delitos de tráfico de influencias, cohecho y concierto para delinquir. Abandonó el barco por la puerta de atrás y sin poder cumplir ninguna de sus promesas de campaña.
La muerte de 20 personas, al derrumbarse una edificación que se estaba construyendo sin el cumplimiento de los requisitos legales, es uno de los hechos más graves que pesan sobre la gestión de Manolo Duque, un locutor muy popular en la ciudad, quien con 125.000 votos se convirtió en el sucesor del desaparecido Campo Elías Teherán, otro mandatario que debió renunciar la Alcaldía en medio de grandes escándalos. Es evidente que ni Campo Elías ni Manolo fueron decisiones electorales acertadas de los cartageneros.

Todo lo contrario: sirvieron para demostrar la desesperación de sus habitantes por encontrar una especie de salvador que los rescate del naufragio que están viviendo. Duque y Teherán fueron, además, marionetas de una clase política enquistada en la ciudad, que se valió de su popularidad para engatusar a los electores con la oferta de un presunto cambio que nunca llegó, ni llegará, mientras los cartageneros no rompan de una vez por todas con las cadenas que los mantienen atados a las mafias politiqueras que saquean la ciudad a manos llenas. Esos mafiosos que mueve los hilos de las marionetas son los verdaderos culpables de la tragedia de Cartagena. Son ellos quienes deben responder con su libertad y sus dineros malditos por este “crimen social” que han cometido con la ciudad.

En el caso de Manolo Duque bastante que se advirtió que su elección sería una mala decisión, porque detrás de él se alcanzaban a ver las orejas del lobo. Ahí están sus padrinos políticos, como el ex senador Juan José García Romero, barajando de nuevo el naipe para encontrar una nueva carta que les permita seguir controlando la ciudad a su antojo. Manolo Duque y su hermano -José Julián Vásquez, señalado de ser “el poder detrás del trono”- deshonrados, humillados, desprestigiados y presos ya no les sirven para sus nefandos propósitos.

Ahora Cartagena deberá elegir de forma atípica a su nuevo alcalde para que se ponga al frente de la ciudad. Pero mientras los electores no tomen conciencia plena de lo que está en juego y del valor que tiene el acto sagrado de elegir a sus gobernantes, todo lo que se haga será en vano. Simples tiros al aire.

Si los cartageneros no se comprometen en serio con la elección de su futuro alcalde y desenmascaran a las mafias políticas que tienen secuestrada la ciudad, Cartagena seguirá a la deriva y sin rumbo fijo, como esos barcos que uno observa desde sus murallas en las tardes de verano.