El conflicto armado colombiano dejó en los últimos 50 años más de 8 millones de víctimas, muchas de ellas mujeres. Y de estas, unas 15.000 fueron objeto de abusos y violencia sexual, según una investigación realizada por el Centro Nacional de Memoria Histórica. Una de esas víctimas es Sara Morales Padilla, reclutada a la fuerza por las Farc en Barrancabermeja, Santander, a la edad de 11 años.

Sara es víctima del conflicto armado colombiano desde sus distintas orillas, pues uno de sus hermanos -Hernán Morales Padilla- fue asesinado por los paramilitares del Magdalena Medio: “Lo secuestraron, lo mataron y después le arrojaron el cuerpo a mi mamá en su casa”, cuenta Sara, quien desertó de las Farc en el 2007 y hoy dirige la Corporación Rosa Blanca (@CorpoRosaBlanca), que se encarga de denunciar los abusos de los jefes de las Farc contra las mujeres, así como de otras organizaciones al margen de la ley, entre ellas el Eln y los grupos paramilitares. Inclusive, la Corporación Rosa Blanca también se encargará de denunciar los abusos contra las mujeres cometidos por integrantes de las Fuerzas Militares o la Policía.

 

La experiencia de Sara Morales como víctima de violaciones y abusos sexuales durante su permanencia en las filas de las Farc es desgarradora y muestra en toda su dimensión la crudeza de una conducta degradante por parte de quienes ocupaban cargos de comandancia dentro de esa organización guerrillera, hoy desmovilizada, luego de negociar con el gobierno de Juan Manuel Santos:

“A mí me reclutaron a la fuerza, cuando tenía 11 años. Un día salí a hacer un mandado a la tienda y me secuestraron y me metieron en un camión donde había decenas de niños, como yo. Después nos llevaron a un campamento, donde un niño nos dio la bienvenida a la organización. Fuimos cientos de menores los que en esa oportunidad nos llevaron a la fuerza a las Farc. En ese campamento del Magdalena Medio nos empezaron a entrenar y a los 15 días comenzaron a violarme. El comandante del frente era Arturo Álape, quien tenía pleno conocimiento de todo lo que estaba pasando. Y cuando, junto con otra compañera, denunciamos lo que sucedía, él nos obligó a bailar con quienes nos habían violado, como muestra de que aquí no había pasado nada”, narra Sara con profundo dolor.

“Estamos dispuestas a someternos a todo tipo de exámenes para que las autoridades puedan comprobar todos los vejámenes de los que fuimos objeto. Queremos que nuestros cuerpos también hablen, no solo nuestra voz”, relata Sara Morales de forma valiente y descarnada.

“El comandante Arturo Álape -dice Sara Morales- llegó una vez borracho y quemando tiros a lo loco. Eso fue en el caserío de La Matilde. Después se llevó a tres, cuatro o cinco peladas para tener todo tipo de actos obscenos con ellas.

Eso pasaba con frecuencia. Las mujeres éramos un objeto para ellos. De unos 120 guerrilleros que podía haber, unas diez éramos mujeres y las diez teníamos que estar destinadas a todos. Las que no, era porque los comandantes ya las tenían para ellos y hacían parte de su grupito”.

El valiente relato de Sara Morales debe servir para que las víctimas de la guerra lleguen a ser -¡por fin!- las verdaderas protagonistas de la negociación con las Farc. Su testimonio refleja la crueldad de un fenómeno que los jefes guerrilleros han pretendido ignorar de forma cínica: el reclutamiento de menores y el abuso sexual contra las mujeres por parte de quienes ocupaban mandos medios o superiores, como sucede con alias Arturo Álape, aspirante al Senado por la ahora llamada Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común (Farc).

El debate sobre las víctimas del conflicto no solo debe limitarse al número de curules que deberían ocupar en el Congreso, que ha sido objeto de todo tipo de cuestionamientos ante la posibilidad de que estas sean ocupadas por “testaferros políticos” de las Farc, sino a la suerte de personas como Sara Morales, que pueden dar fe de la forma cómo los jefes guerrilleros cometieron delitos de Lesa Humanidad, que deben ser castigados y repudiados con toda rigurosidad y sin ningún tipo de benevolencia.

Estos son otros personajes del año.

Magistrado Luis Hernández, el hombre fuerte de la Corte Suprema
Luis Hernández hace parte de una generación de magistrados de las altas cortes que tienen la enorme responsabilidad de recuperar la credibilidad en la Administración de Justicia. Este magistrado de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia está al frente de las investigaciones que buscan desenredar el ovillo del llamado “cartel de la toga”, que involucra a varios de sus colegas y ex colegas, señalados de recibir miles de millones de pesos de políticos para no ser condenados por parapolítica o por corrupción. Hernández nació en Facatativá, Cundinamarca, es abogado de la Universidad Libre y es reconocido por su rectitud y compromiso como juez. Fue el primer director Seccional de Fiscalías de Medellín, donde enfrentó con éxito a organizaciones criminales. Es hermano del periodista José Hernández, quien tuvo una destacada carrera en el periódico El Tiempo, donde laboró por varios años. Luego se radicó en Ecuador y allí se convirtió en uno de los mayores opositores del presidente Rafael Correa, quien tomó varias acciones para censurar sus investigaciones y denuncias. El magistrado Luis Hernández es uno de los personajes del año en Colombia y en sus manos la investigación por el llamado “cartel de la toga” será realizada con plenas garantías y con absoluto rigor.
Juancho, el man que enamoró a Colombia
El actor barranquillero Víctor Hugo Trespalacios jamás se imaginó que interpretar al papá de la desaparecida cantante vallenata Patricia Therán en la telenovela “Tarde lo conocí” terminaría convirtiéndolo en un personaje nacional. La formación actoral de Trespalacios le permitió asumir el reto de personificar a un costeño “conchudo y vago” sin caer en la caricaturización del personaje. Juancho despierta simpatía y solidaridad ante la adversidad. Juancho no trabaja no porque no quiera, sino porque está a la espera de una mejor oportunidad, ajá tú sabes. Desde los tiempos de Fercho Durango, representado por Bruno Díaz, en El Gallito Ramírez, en la televisión nacional no aparecía un personaje costeño que se robara el show en una telenovela. El Juancho de Trespalacios lo logró. Su actuación es prueba de que para triunfar se requiere más que talento. Es necesario mucha disciplina, estudio y sacrificio. Trespalacios tiene capacidad para interpretar personajes dramáticos, como lo ha hecho en el teatro con las obras de William Shakespeare, pero también simpáticos y humorísticos, como ocurre con el “sufrido” Juancho, que tiene suspirando a más de una mujer en la Región Caribe.
Teo Gutiérrez, ¿qué hacemos contigo Teo?

Teo Gutiérrez es uno de los jugadores más talentosos que hay en Colombia. Sus capacidades nadie las cuestiona. Muy pocos tienen su olfato goleador y es muy difícil encontrar un futbolista con sus cualidades para distribuir el balón dentro de un campo de juego. Es juniorista consumado y consagrado. La afición lo idolatra. Pero así como Teo Gutiérrez tiene grandes virtudes como deportista, tiene una gran facilidad para crear conflictos internos en los equipos donde juega. Ocurrió en Racing y River Plate de Argentina, donde tuvo enfrentamientos con algunos de sus compañeros. Teo no es fácil de manejar, porque algunos de sus compañeros lo señalan de “romper los códigos internos de los equipos”. Con Teo están garantizados los goles, pero también la controversia. Punto. El navega en aguas tormentosas. La campaña del Junior modelo 2017, que pintaba como una de las mejores de la historia, con la posibilidad de ganar por primera vez tres títulos en un año, terminó de una forma lánguida, con la obtención de un campeonato menor y el fracaso en los otros dos. Teo es el gran referente del equipo. Su sociedad futbolística con Jimmy Chará, con quien conformó el famoso “Ch-Teo”, brindó espectáculo en el Metropolitano Roberto Meléndez, pero debe entender que para ser un gran deportista primero tiene que ser una excelente persona y eso pasa por el respeto a sus colegas y su familia.
El Papa Francisco, una visita gratificante

Si hubo un hecho político en este año que termina fue la visita del Papa Francisco al país. Apenas pisó suelo colombiano, Francisco se ganó el corazón de millones de hombres y mujeres, que no dudaron en expresarle de inmediato su admiración y su cariño. Francisco habló por las víctimas del conflicto armado y también lo hizo por los más pobres y los más débiles. En Cartagena envió un mensaje de paz y reconciliación que causó gran impacto. En Bogotá les llevó a los jóvenes un mensaje esperanzador: “No se dejen arrebatar los sueños”, les dijo con firmeza, pero también con ternura. En Villavicencio habló de la importancia de la unidad familiar y de la necesidad de combatir la corrupción. En Medellín reiteró la necesidad de encontrar la reconciliación nacional mediante el abandono del odio. Pero también insistió en que hay que darle voz a los más necesitados de la sociedad. En que debemos escucharlos y ser solidarios con ellos. La visita de Francisco fue sin duda un hecho político, en el buen sentido de la palabra. Abogó por quienes carecen de lo mínimo para subsistir y nos enseñó que el diálogo nos permite superar cualquier dificultad. Ojalá que Francisco venga más seguido.