Veo a la hermosa mujer que cruza la calle, rauda, veloz, arrastrada por el viento.

Arrastrada, sí, arrastrada. El viento la lleva a las volandas, como una cometa en Agosto.

Pero no es el viento, no es ese viento susurrante que te acaricia cuando sales a la puerta de tu casa a recibir el fresco, como decía mi tía Clementina, ese fresco que llega del Magdalena a eso de las 5 de la tarde. No, no es ese viento el que amenaza con llevársela a ella por los aires, como si fuera la mismísima Remedios La Bella, la Bella Remedios de Macondo. Es esta brisa loca que llegó a la ciudad, vaya uno a saber de dónde vino y cómo vino, pero está aquí entre nosotros y se mete por todos los rincones con su fuerza huracanada y se estrella contra los cristales y tú sientes su zumbido de moscardón que se filtra por las rendijas de tu cuarto.

Y luego te la encuentras en la calle, arrebatada, amenazando con llevarse consigo a la Bella mujer que trata, ahora con desesperación, de salvar su falda y su blusa y su bolso y su pelo y trata de salvarse ella misma para no ser devorada por la fuerza bestial de esta brisa loca y helada que llegó de improvisto a Barranquilla, después del Carnaval, como si quisiera arrasar con todo lo que encuentra a su paso.

¿A qué viniste, Loca? Si ya te llevaste a Joselito con sus viudas preñadas y sus Marimondas y sus Monocucos y sus Garabatos.

¿Vienes acaso a llevarte esta vez a los que siempre dejas? ¿Vienes por ellos? ¿Vienes por los corruptos? ¡Llévatelos contigo y ojalá te los lleves para siempre!

Empieza por esa valla de la esquina, donde aparece sonriente y perfumado ese bandido, ese cínico ladrón de siete suelas. ¡Llévate su valla por lo menos! ¿O es que acaso, como media ciudad, también le temes?