La Universidad Autónoma del Caribe no merece vivir el terrible momento que atraviesa. De hecho, ninguna Universidad debería padecer una situación semejante. Una Universidad es un centro de pensamiento, un lugar de reflexión. Es un templo, un lugar de encuentro con la sabiduría y con el saber. En una Universidad un grupo de sabios forman a quienes algún día serán sus sucesores. No hay mejor lugar para el debate inteligente y la sana crítica que una Universidad.

Pero la Universidad Autónoma del Caribe de hoy no es nada de eso. Lástima. Es el escenario de una guerra sin cuartel entre dos poderes que se despedazan entre ellos y de paso vuelven trizas el futuro de quienes nada tienen que ver esas pugnas internas: sus estudiantes, el eslabón más débil de la cadena. En la Autónoma los que se fueron -o salieron a sombrerazos y en medio de escándalos escalofriantes y tétricos- se están linchando con los que llegaron con la ilusión de que vendrían mejores tiempos, pero que también tendrán que irse en medio de escándalos gigantes, que hablan de derroches y lujos extravagantes. El capitán que asumió el timón del barco en medio de la tormenta con el compromiso de llevarlo a puerto seguro no cumplió con esa misión. Hoy se habla de mansiones y yates a su nombre, comprados con plata ajena. Hoy el barco zozobra de nuevo.

El Gobierno Nacional -en cabeza de los ministerios de Educación y Trabajo- tiene la obligación de resolver con prontitud, eficacia y transparencia la crisis de la Universidad Autónoma. Su grave situación no da espera. Son miles de estudiantes, docentes y trabajadores de diversas áreas que están en vilo esperando que este mal momento se supere.

La Autónoma no merece un escándalo más. Ya es hora de que recupere su vocación como formadora y forjadora de hombres y mujeres de bien. Ya es hora de que todos aquellos que la convirtieron en rehén de sus ambiciones y mezquindades la liberen. Ya es hora de que salga de ese foso al que la llevaron quienes jamás debieron estar al frente de su destino.