El anuncio del cierre de un museo, aunque sea de forma temporal, será siempre una pésima noticia. Un museo, como sucede con el Museo del Caribe de Barranquilla, es un lugar sagrado que nos permite reflexionar sobre nuestra cultura, nuestro universo y nuestros orígenes.

En otras palabras, nos permite reflexionar sobre nuestra razón de ser como hombres y mujeres de ese Caribe inmenso, que parió a tantos inmortales, como Gabo, Cepeda, Meira, Escalona, Zapata Olivella, Esthercita, Gómez Jattin, Fals Borda, Obregón y cientos de miles más. La lista es interminable, casi infinita.

A todos ellos los podemos volver a palpar, oír, sentir, degustar y disfrutar en el Museo del Caribe, que hoy agoniza ante nuestros ojos indolentes, por falta de recursos. El Museo del Caribe se muere por falta de plata. Para repararlo y dejarlo en una condición presentable, que permita abrir sus puertas de nuevo, se requiere apenas de 3.000 millones de pesos.

Algo grave pasa en una ciudad donde una candidata al Senado se gasta 6.000 millones de pesos para comprar votos y su Museo más importante cierra sus puertas, porque no tiene 3.000 millones para reparar sus techos y paredes que se caen a pedazos. Esta ecuación es triste, vergonzosa y lamentable, pues muestra no sólo la pérdida de nuestros valores éticos y morales, sino el desprecio por nuestra cultura.

Una ciudad donde es más importante comprar votos que abrir museos es inviable y está condenada a desaparecer. Una ciudad donde miles de sus habitantes venden sus conciencias por 60 mil pesos y donde ninguno de ellos visita su Museo más importante, perdió su rumbo y su razón de ser.

El grito desesperado que lanza el Museo del Caribe, mientras agoniza, debe ser escuchado por todos, empezando, claro, por el Gobierno Nacional, la Alcaldía de Barranquilla, la Gobernación del Atlántico y los distintos gremios de la ciudad.

Pero debe ser escuchado -sobre todo- por aquellos que venden sus conciencias y por quienes se las compran por míseros 60 mil pesos. El día que esas personas tengan la convicción íntima de que es más importante ir al Museo del Caribe que vender su derecho a elegir y ser elegidos, la suerte de Barranquilla empezará a cambiar. Antes no.