Pocas campañas presidenciales en Colombia han sido tan sucias como la actual. Ni la honra ni el buen nombre son respetados. La injuria y la calumnia hacen parte del pan diario, tanto de candidatos como de seguidores. Nadie se salva.

La máxima es una sola: todo vale. Tampoco hay autoridades dispuestas a controlar el desmadre electoral, entre otras cosas, porque nadie cree en las autoridades de ningún tipo, sean disciplinarias o electorales.

El lamentable episodio que vivió la Registraduría Nacional el pasado 11 de marzo, por cuenta de la falta de tarjetones de las consultas interpartidistas, no solo minó la credibilidad de la entidad, sino que arrojó un manto de dudas sobre la transparencia de los resultados finales. El Consejo Nacional Electoral (CNE) es ignorado por todos, los llamados de atención de la Procuraduría General también son desoídos y las decisiones de la Fiscalía General son recibidas con beneficio de inventario. La impresión que se tiene es que no hay autoridades que hagan cumplir las leyes, sencillamente porque no hay leyes que cumplir.

Para decirlo en palabras de Cambalache, el tango de Enrique Santos Discépolo, la actual campaña presidencial es una “porquería”, donde “vivimos todos / revolcaos en un merengue / y en un mismo lodo, todos manoseaos…”.

Ese lodo en el que nos manoseamos todos no es otro que las redes sociales, convertidas en trincheras de candidatos presidenciales, quienes las utilizan para aniquilar a sus contradictores políticos. Las redes sociales –Twitter y Faceboock, especialmente– son el botafuego predilecto de quienes decidieron convertir la campaña presidencial en un lodazal donde imperan los montajes, los ataques aleves, el odio, la envidia y la maldad en su máxima expresión.

Por cuenta del uso y abuso de las redes sociales, pocos argumentan y todos gritan. Es un diálogo de sordos, donde lo que menos interesa es el pensamiento del otro. Los seguidores de los candidatos –o quienes reciben una paga por sus servicios– se comportan como una horda de fanáticos, con una capacidad insospechada de aniquilamiento. Son letales perros de presa capaces de destrozar a un contradictor político en cuestión de segundos. Son una máquina de terror muy bien aceitada.

Por cuenta de dicho comportamiento impune y desbordado, en la actual campaña presidencial lo que hay es una confusión total. Nadie sabe qué es verdad y qué es mentira de todo lo que se dice en Twitter o en Faceboock acerca de los candidatos. En lugar de subir el nivel del debate electoral, las redes sociales contribuyen a fomentar la violencia, la intolerancia, la irracionalidad y la agresión como respuesta a la crítica. Y lo peor: nadie sabe cuál es la solución a este problema, pues cualquier propuesta que se haga es vista de inmediato como una iniciativa para “censurar las redes sociales”, o como un atentado a la “libertad de expresión”. Así las cosas, más allá de un llamado a no contribuir a la difusión masiva de los mensajes intolerantes, ofensivos y agresivos, poco o nada es lo que se puede hacer para poner fin a los abusos que se cometen a diario desde las redes sociales.

Veamos los 7 pecados capitales que imperan en las redes sociales en la actual campaña y de qué forma condicionan el comportamiento de los candidatos.

Ira

En Colombia, a buena parte de los votantes los motiva el odio. Triste tener que reconocerlo, pero es así. Por esa razón muy pocos se preocupan por conocer los programas y propuestas de sus candidatos por estar dedicados a destruir los programas y propuestas de los otros. Aquí todos votan con rabia, “emberracaos” y furiosos. Pocos se toman la molestia de conocer cuáles son los verdaderos alcances de las iniciativas de los candidatos presidenciales. Eso poco importa. Lo importante es promover la ira, el odio y la rabia en las redes sociales en contra del candidato que no goza de sus afectos o que tenga una posición política distinta a la suya. Hay campañas presidenciales que tienen a su servicio verdaderos ‘ejércitos’ de seguidores –algunos voluntarios y otros pagados– dispuestos a acabar con la honra y el buen nombre de un candidato, o de uno de sus potenciales electores, en cuestión de minutos. Son verdaderas hordas de fanáticos capaces de volver tendencia en redes sociales una calumnia o una injuria. ¿Quién le pone el cascabel a esos gatos?

Envidia

No hay envidia buena. La envidia es mala por naturaleza. Y la peor envidia es la que sienten los candidatos o sus seguidores, quienes todos los días la expresan en las redes sociales. Su dolor es por no poseer lo que tienen los demás, sean cualidades o respaldo electoral. Ellos sufren por la alegría de los otros candidatos. La felicidad ajena es su desdicha. Para estos candidatos –o para sus seguidores en redes sociales– los bienes materiales de sus competidores no son producto de su trabajo, sino de su privilegiada condición social, o de robos o estafas. En su cabeza no cabe la idea de bienes bien adquiridos, pues la única explicación que encuentran es que los mismos fueron comprados de forma fraudulenta. Los resultados de las encuestas –si son desfavorables– son producto de trapisondas y manipulaciones y las plazas llenas –si las llenan los demás– responden a intimidaciones y engaños. Los envidiosos sufren cuando a los otros les va bien. Pero en lugar de trabajar para alcanzar el éxito de los demás, los envidiosos se dedican a destruir los logros de sus competidores. Y han encontrado la herramienta perfecta para desfogar su envidia: las redes sociales. Ese es el escenario perfecto para que los envidiosos se hagan sentir con todo su fuerza y todo su poder destructivo.

Pereza

En lugar de visitar cinco o diez barrios en un día, desplazarse hasta una comunidad a escuchar sus inquietudes, para conocer de primera mano sus necesidades, o empaparse a fondo de los programas de sus competidores para controvertirlos, algunos candidatos prefieren contratar a empresas especialistas en uso de redes sociales, que se encarguen de aniquilarlos mediante la ejecución de un bombardeo letal, coordinado y masivo. Igual sucede con los seguidores de los candidatos, quienes amparados en el anonimato y la impunidad destrozan en cuestión de segundos la honra y el buen nombre de una persona cuyo único pecado es pensar distinto, o pertenecer a una clase social diferente a la de sus agresores. En este caso, al odio se suma la pereza de quienes tienen la capacidad de acabar con la reputación alcanzada después de muchos años de trabajo honrado y de una vida ejemplar. Pero también incurren en el pecado de pereza aquellos millones de abstencionistas (más del 60% de los colombianos habilitados para votar) que el domingo de elecciones prefieren quedarse en su casa rascándose la barriga, despotricando de la suerte del país y pensando que otros van a solucionar los problemas que nos agobian. Por culpa de esos perezosos, Colombia está como está.

Avaricia

“Si yo tuviera seis mil millones de pesos no me hubiera metido a la política”, respondió con absoluta desfachatez la representante a la Cámara y senadora electa Aida Merlano a la revista ‘Semana’, cuando le preguntaron por la cifra que –según la Fiscalía General– destinó para comprar votos en Barranquilla. Lo cierto es que la avaricia y no el deseo de servir a los más necesitados, o el altruismo, es lo que mueve a algunos candidatos. La humildad no es una de sus virtudes. Su principal motivación parece ser el deseo de acumular muchas riquezas, solo por el placer de atesorarlas, pero sin ninguna intención de compartirlas con nadie. No hay político pobre, dice el refrán popular. Esa avaricia viene acompañada de un deseo irrefrenable de hacer ostentación de dicha riqueza. Es decir: no solo quieren hacerse ricos por medio de la política, sino que desean que todos sepan lo ricos que son. Por eso con el éxito político llegan los carros lujosos, las haciendas, las casas de recreo, los yates, los aviones privados, las damas de compañía, los zapatos de marca, las mansiones…

Lujuria

El mejor afrodisíaco es el poder. Punto. En un político el poder es sinónimo de éxito. Por eso se aferran a él. Por eso pagan miles de millones de pesos en una campaña, sea para el Congreso o para la Presidencia. Por eso compran todo, hasta su inocencia. Por eso ofrecen y reciben coimas multimillonarias por sacar adelante una ley. Por eso ofrecen millonadas a magistrados de la Corte Suprema para que los absuelvan o ‘engaveten’ sus procesos. Por eso buena parte de los políticos se muestran libidinosos y lascivos cuando ven un par de piernas, aunque sean las de una empleada casada o las de una honorable colega. El buen comportamiento, las buenas maneras y el respeto por los demás, valores pregonados por muchos de quienes los antecedieron en sus cargos, quedaron atrás para darle paso a los excesos que acompañan a quienes hoy aspiran a ocupar las más altas dignidades de la Nación. En redes sociales pululan videos de quienes perdieron el pudor y la vergüenza, pues para ellos hacer alarde de sus conquistas es tan solo una muestra de su inmenso poder.

Gula

En Colombia todos los días mueren 18 personas por desnutrición, según estudios realizados por la Universidad Nacional. ¡Una barbaridad! De ellos, la mayoría son menores de 5 años y mayores de 65. El drama de los niños que mueren de hambre en La Guajira crece ante la indiferencia de quienes deben buscarle solución y la indolencia de quienes conocen la magnitud de la tragedia por cuenta de los medios de comunicación. En las redes sociales ese drama humanitario es explotado con sensacionalismo y amarillismo. A muchos de quienes señalan a los presuntos culpables de esa desgracia solo los mueve el morbo y en algunos casos el deseo de venganza. El drama de los niños wayuu les sirve para justificar su odio. Nada más. Hay candidatos insaciables, no solo con la comida y la bebida, sino con la capacidad de mentir y de hacer promesas que no serán capaces de cumplir. A ellos los mueve ‘la gula electoral’. No hay en ninguna de sus innumerables promesas un mínimo ejercicio de responsabilidad. Eso no les importa. Saben bien que no podrán cumplir con ellas, pero asumen que ese no es su problema. Después encontrarán a quién echarle la culpa de su fracaso, que serán –obviamente– los “poderosos” y el “imperio”. Todos serán culpables menos  su ineptitud, como hizo Chávez y hace Maduro en la actualidad en Venezuela.

Soberbia

El soberbio no reconoce sus errores. Siempre habrá alguien a quien achacarle sus fracasos. El candidato soberbio carece de autocrítica y es arrogante, déspota y altanero. Su vanidad lo lleva a creer que tiene más cualidades y virtudes que aquellas que le reconocen. El descenso en las encuestas no será –para el candidato soberbio– producto de sus errores, sino de las argucias o las trampas de los otros aspirantes a la Presidencia. “La soberbia es la semilla de todos los conflictos”, es una de las frases que el papa Francisco utiliza con frecuencia. Y tiene razón Francisco al hacer esa afirmación. En el caso de quienes aspiran a regir los destinos de un país con tantos y tan graves problemas como Colombia, producto de una enorme desigualdad social y de una corrupción galopante, lo único que no pueden ser es soberbios, carentes de humildad y sencillez. La soberbia es todo lo contrario de lo que deben ser, pues de lo que se trata es de trabajar por los demás y no por su propio beneficio. Deben humillarse para ser enaltecidos. Exigir reconocimientos excesivos y creerse con privilegios y derechos de los que carecen es todo lo contrario de lo que debe ser un buen político. Una buena dosis de humildad les caería bien a todos. A todos, sin excepción.