La pregunta de la periodista Lucía Newman, corresponsal en Caracas del canal Al Jazeera, sorprendió a Nicolás Maduro, quien no ocultó su disgusto por la que consideró una impertinencia. La comunicadora preguntó al presidente en ejercicio y candidato presidencial cómo piensa cambiar todo lo que ha salido mal en Venezuela, si el gran responsable de que todo haya salido mal es el propio Maduro, como heredero del chavismo y responsable de la Revolución del Siglo XXI.

Molesto con el interrogante, Maduro solo atinó a balbucear un dictatorial y amenazante: “Yo, Nicolás Maduro. Yo, Nicolás Pueblo. Yo, fuerza revolucionaria”. “Confíen en mí –concluyó– yo lo voy a hacer. En este tiempo histórico lo juro frente a ustedes”.

Nicolás Maduro será reelegido hoy presidente de Venezuela. No hay una sola posibilidad de que Henry Falcón o Javier Bertucci –sus dos rivales– lleguen al palacio de Miraflores. Ni la más remota. Pero el hecho de que Maduro gane no significa que Venezuela cambie. Todo lo contrario: su triunfo dará continuidad al mayor fracaso económico, político y social de América Latina en las últimas décadas. Con su reelección Venezuela no cambiará, puesto que –como dice Newman– el gran culpable de que el país esté en lo más profundo del foso es Maduro, designado por Hugo Chávez para que siguiera su tarea.

De la mano de Maduro y de los chavistas más recalcitrantes y corruptos, como Diosdado Cabello, Venezuela alcanzó los peores indicadores de su historia. Su inflación llegó a la estrambótica cifra del 13.600 por ciento, el desempleo se acerca al 40 por ciento, la corrupción de los chavistas –que controlan todo– no tiene techo, el narcotráfico es la gran fuente de riqueza de las Fuerzas Armadas, así como la mafia que lograron montar los altos oficiales para vender alimentos y medicamentos, el éxodo de venezolanos es cada día más creciente, al igual que la muerte de niños y ancianos por falta de comida. La ex fiscal Luisa Ortega –hoy en el exilio– denunció ante la Corte Internacional de La Haya el asesinato de 8.700 personas, entre 2015 y 2017. La mayoría, opositores a Maduro, quienes fueron ejecutados de rodillas, en estado de indefensión, pero las autoridades los presentaron como “muertos en enfrentamientos”.

Este es el aterrador panorama de la Venezuela de hoy. Panorama que Maduro promete cambiar y que no podrá hacerlo por la sencilla razón de que el problema de Venezuela es el chavismo. Maduro no es el salvador de Venezuela: es su sepulturero. La fosa la abrió Chávez y Maduro le está echando la última palada de tierra.

Hoy Venezuela está eligiendo a un dictador, no a un presidente. Para ello el régimen chavista cuenta con un aliado muy poderoso: el Consejo Nacional Electoral, en cabeza de Tibisay Lucena, la foca mejor domesticada del circo. “En Venezuela ya tenemos los resultados, solo nos faltan las elecciones”, dicen que dice Lucena con sorna a su círculo de amigos más cercanos.

Tibisay Lucena hace lo que diga Maduro. Sacó corriendo a la multinacional Smartmatic, que prestó sus servicios para el registro automatizado de los votos desde 2004 hasta julio de 2017, cuando sus directivos denunciaron –aterrados– que Maduro y sus amigos habían adulterado los resultados de las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente. En otras palabras, Smartmatic acusó a Maduro de realizar fraude electrónico en las elecciones, pero semejante acusación no mereció ningún tipo de investigación en Venezuela. Ya sin la veeduría de Smartmatic, Maduro actúa a sus anchas, pues Tibisay Lucena y su CNE ni lo sancionan, ni investigan el abuso de los recursos públicos para sus campañas.

Ese mismo CNE, parcializado y dócil con el chavismo, es el que se encargará de supervisar las elecciones de hoy en Venezuela. Es el mismo organismo que en 2017 avaló las elecciones ilegítimas de la Asamblea Nacional Constituyente y se prestó para que el Gobierno anunciara el triunfo abrumador por cerca de ocho millones de votos sobre la oposición, sin tener en cuenta –como fue denunciado con pruebas contundentes– que hubo personas pertenecientes a organizaciones gremiales afectas al chavismo que votaron hasta tres veces. Es el mismo CNE que dio vía libre a las ilegítimas elecciones presidenciales de hoy, convocadas por la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente.

¿Qué está en juego en las elecciones presidenciales de hoy en Venezuela? ¿Cuáles serían las implicaciones para Colombia de un triunfo de Maduro?

Petro y el “neopopulismo”

De todos los candidatos presidenciales colombianos el único que ha tenido cercanía y tratos con el chavismo es Gustavo Petro. Aunque el candidato de Colombia Humana se ha desmarcado en los últimos años del modelo chavista, es claro que hace algún tiempo tuvo estrechos vínculos tanto con Chávez como con Maduro. De hecho, fue Petro quien acogió a Chávez en Bogotá, cuando en 1992 el coronel fracasó en su intento de propinarle un golpe de Estado a Carlos Andrés Pérez. Una vez en la Presidencia de Venezuela, Chávez contó con la asesoría del entonces representante a la Cámara, como lo reconoció el propio Petro en artículo que publicó la revista ‘Dinero’ en junio de 2003. “Estamos en una etapa de transición de un modelo neoliberal –dijo Petro en aquella oportunidad– a otro que yo bautizaría como el neopopulismo”. Y sobre las bases de ese modelo “neopopulista”, Petro aseguró que tenía como meta una reforma agraria “para entregar tierras a unas 100.000 familias, así como hacer producir el campo, porque el campo venezolano no producía nada, porque el petróleo lo mataba.

Dos, el sistema financiero: fortalecer la banca pública para entregar créditos a las Pyme. Tres: no privatizar su sistema de pensiones ni de salud. Cuarto: el control público del petróleo, y quinto, una estrategia comercial ligada a Brasil y Argentina”, aseguró Petro a ‘Dinero’. Pero, sin duda, Petro ha sido mucho más crítico de Maduro que de Chávez. Al primero lo llama dictador, pero no hace lo mismo con el segundo, como ocurrió en marzo pasado, cuando lo entrevistó el periodista Jorge Ramos para Univisión. Todos los demás candidatos han sido duros críticos del chavismo, incluyendo a Humberto De la Calle, quien contó con delegados de Maduro como garantes en la mesa de negociaciones con las Farc en La Habana. Tanto Germán Vargas Lleras como Iván Duque han dicho que no reconocerán un triunfo de Maduro en las elecciones de hoy, al igual que De la Calle, quien también ha calificado a Maduro como un “dictador”.

Graves denuncias de Santos contra Maduro

El presidente Juan Manuel Santos denunció un plan de Maduro para “cedular y trasladar ciudadanos colombianos para votar en Venezuela”. La información de Santos está basada, según su declaración, en “fuentes confiables de inteligencia”. De igual manera, reveló la existencia de una poderosa red de funcionarios y empresarios colombianos y venezolanos dedicados a la venta adulterada de alimentos, mediante la utilización de los llamados Comités Locales de Abastecimiento y Producción (Clap). Santos denunció la incautación en Cartagena de 400 toneladas de alimentos descompuestos que Maduro pretendía distribuir en Venezuela entre las personas de más bajos ingresos. Esta poderosa red criminal estaría compuesta por unas 23 compañías en ambos países, cuyos propietarios y accionistas tendrían estrechos vínculos con altos funcionarios del régimen chavista. Entre las actividades ilegales de dichas empresas también estaría el lavado de dinero. Las autoridades de Estados Unidos y de México están detrás de pistas que permitirían propinarles duros golpes a los jefes de dichas organizaciones criminales. “Son delincuentes de cuello blanco que trafican con la tragedia que viven millones de venezolanos, que aguantan hambre, porque no tienen nada que comer”, me dijo una fuente de un organismo de inteligencia nacional. En los llamados Clap está buena parte del soporte electoral de Maduro: las cajas solo son distribuidas entre los afectos al régimen: si eres chavista, tienes acceso a las cajas de alimentos, si no lo eres, entonces tendrás que morirte de hambre. Así de triste y así de cruel.

¿Cómo combatirá Maduro la mafia que fomenta?

El libreto que Maduro interpreta para mantenerse en el poder es muy simple: divide y reinarás. De forma hábil, cruel y astuta le rompió el espinazo a la oposición, encarceló a los jefes de la oposición y silenció a los medios de comunicación. Así superó la crisis de los estudiantes en las calles y así seguirá mandando en Venezuela. Ahora con cinismo hace un llamado a la paz y al diálogo. “Voy a convocar a una gran jornada de diálogo nacional para un acuerdo de recuperación económica, de crecimiento económico y de protección de la economía nacional”, dijo durante el cierre de su campaña por la Presidencia. “Vamos a hacer un gran diálogo –anunció Maduro– porque quiero convertirme en el gran oído de la patria, escucharé las ideas y las propuestas de un pueblo que sabe lo que hay que hacer para acabar con las mafias económicas”. Maduro –el capo de un régimen mafioso del que hacen parte sus más cercanos colaboradores– anuncia que combatirá la mafia, porque “hay muchas cosas que están mal y hay que rectificarlas. Hay mucha corrupción por ahí regada que hay que acabar y enfrentar”.

Maduro, ahora pacifista y benévolo, ofrece diálogo a quienes ha combatido sin piedad ni clemencia, como dan fe los miembros de la Mesa de Unidad Democrática (MUD), quienes no participarán de las elecciones de hoy, por considerar que no hay condiciones para unos comicios transparentes. Tan poco transparentes son que la comunidad internacional que antes lo apoyaba hoy repudia al régimen chavista, empezando por los países que conforman el Grupo de Lima, que anunció que desconocerá los resultados de hoy.

Los muertos en vida del Helicoide

Esta semana el mundo se estremeció con las imágenes de los presos políticos detenidos en el Helicoide de Caracas, quienes se sublevaron para reclamar un trato digno y la libertad para todos ellos. En el Helicoide están los presos políticos que Maduro niega. Punto. Allí hay miles de venezolanos cuyo único pecado ha sido oponerse al régimen chavista. Carecen de todo, hasta de lo más elemental, como un trato digno y atención médica. Todos fueron detenidos por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), la policía política al servicio de Maduro, que fue creada por Chávez para perseguir a sus opositores. En el Helicoide hay torturados, desaparecidos y muertos, sin que ningún funcionario del régimen reconozca la gravedad de los hechos. Los presos políticos no cuentan con asistencia jurídica, ni tampoco reciben las visitas de sus familiares, pues el Sebin se lo impide. El poderoso Sebin niega hasta las poquísimas órdenes de libertad que algún juez valiente se atreve a expedir. Ninguna organización defensoras de Derechos Humanos ha podido verificar las condiciones de los presos políticos de Maduro. Y pese a todo ello, todavía hay quienes dudan en llamarlo dictador. Que no quepa duda alguna: en Venezuela lo que menos respeta el régimen chavista son los Derechos Humanos, los mismos que le garantizaron a Chávez en 1992 en la cárcel de Yare, donde fue detenido luego de fracasar en su intento golpista a Carlos Andrés Pérez. Que no quepa duda: Venezuela hoy elige a un dictador.