Hoy llega a su fin una de las campañas presidenciales más intensas y agresivas de los últimos años. Los colombianos elegiremos al sucesor de Juan Manuel Santos en la Casa de Nariño, después de ocho años de gobierno, en los que -sin duda- su mayor logró fue la firma de la paz con las Farc. Quien lo suceda en la Presidencia de la República, sea Iván Duque o Gustavo Petro, deberá desarrollar no solo los puntos acordados en La Habana, sino permitir la implementación de figuras como la Jurisdicción Especial de Paz (JEP), cuya suerte final aún es objeto de todo tipo de conjeturas.

El nuevo presidente de Colombia deberá sanar las heridas que quedaron luego de una campaña despiadada en la que primó la “guerra sucia” y la “propaganda negra”. En las redes sociales circularon todo tipo de mentiras, injurias y calumnias, como nunca antes se había visto en la historia reciente del país. El nuevo presidente deberá tender puentes para tratar de establecer una relación cordial y respetuosa con su rival, quien pasará a ocupar una curul en el Senado, mientras que su fórmula vicepresidencial tendrá una curul en la Cámara de Representantes.

El nuevo Jefe del Estado deberá aclimatar el entendimiento nacional en medio de las diferencias, pues no solo tendrá que lidiar con su rival de hoy sino con una nueva fuerza política, representada por el ex gobernador de Antioquia, Sergio Fajardo, quien perdió su paso a la segunda vuelta con Petro por escasos 250.000 votos. Y además deberá tener muy presente a quienes optaron por el voto en blanco, al no sentirse representados ni por Duque ni por Petro. Unos y otros deberán encontrar en el nuevo presidente no solo a un buen interlocutor, sino a un mandatario ajeno a cualquier tipo de mezquindades.

El nuevo mandatario debe saber que a partir de hoy es el gobernante de todos los colombianos y no solo de quienes lo eligieron. Ya no es el candidato de un partido político, sino el mandatario de 50 millones de colombianos. La responsabilidad de asumir la jefatura del Estado lo obliga a convocar a todas las fuerzas políticas del país para el cumplimiento de metas comunes, como son la lucha contra la pobreza, así como cerrar la enorme brecha social que separa a los pocos que tienen mucho de los muchos que tienen poco. La lucha frontal contra la corrupción tampoco da espera. El nuevo presidente tiene la obligación de cerrar ese grifo por donde todos los días se esfuman miles de millones de pesos. La lucha contra la corrupción debe ser un asunto de Estado. Colombia no puede seguir siendo un país donde mandan los corruptos. El nuevo presidente debe ser el abanderado de la lucha contra la corrupción. Esa es la única camiseta que no se podrá quitar.

¿Cuáles son los retos que esperan al próximo presidente de la República?

Guerra implacable contra los “cacos”

Según Transparencia Internacional, Colombia es uno de los países más corruptos del mundo. Desde hace cuatro años el país mantiene una calificación de 37 puntos sobre 100. Es decir, nos rajamos en la lucha contra la corrupción. Aquí a los corruptos no los castigamos, sino que los premiamos. Alejandro Lyons se robó miles de millones de pesos y apenas tendrá que pagar unos cuantos años de cárcel. El nuevo presidente deberá liderar la transformación del sistema político con el fin de acabar con prácticas perversas, como el clientelismo, el tráfico de influencias y la falta de controles en la celebración de contratos. El contralor general, Edgardo Maya Villazón, considera que el desangre de la corrupción en Colombia puede llegar a ser de unos 50 billones de pesos al año. La corrupción es el verdadero cáncer nacional. Un solo botón sirve de muestra de la magnitud de la tragedia: la multinacional Odebrecht pagó 11 millones de dólares para que le fuera adjudicado el contrato de la Ruta del Sol (tramo II). Esa plata alcanzó para untarle las manos a congresistas y altos funcionarios del gobierno. El nuevo presidente deberá liderar la cruzada anticorrupción, pero no con discursos y buenos propósitos, sino con resultados concretos. Para ello es necesario que desde el Gobierno Nacional se diseñe y ejecute una verdadera política anticorrupción, que ponga fin a tantos fraudes, peculados y robos continuados.

Economía: desempleo, el gran reto

La mayoría de los indicadores muestran que en materia económica lo peor ya pasó. Después de dos años consecutivos de desaceleración, ya comienza a sentirse un leve repunte en algunos sectores claves del país. Se espera que al despejarse la incertidumbre sobre el nombre del nuevo presidente, la inversión extranjera retome su dinamismo, lo que podría llevar la economía a un crecimiento superior al 2.5 por ciento en el segundo semestre del año. El gran reto sigue siendo el desempleo y la informalidad, a los que se suma la llegada masiva de venezolanos a las principales ciudades de la Región Caribe, entre ellas Barranquilla. El nuevo presidente deberá recuperar la senda de un mayor crecimiento económico, mediante la realización de grandes reformas estructurales, como la tributaria y la pensional. El incremento en los precios internacionales del petróleo será un paliativo a las finanzas públicas del país para el próximo año, pero ello de nada servirá si el nuevo mandatario no se apersona de las reformas estructurales del Estado.

Región Caribe: ¿De qué sirve poner presidente?

La gran obra prometida por Juan Manuel Santos a la Región Caribe se quedó durmiendo el sueño de los justos. En efecto, la recuperación de la navegabilidad del Río Magdalena no pasó de ser una más de las tantas promesas incumplidas por Santos a la Región Caribe, donde sacó una buena cantidad de votos para llegar a la Presidencia. La cruda verdad es que la APP del Río Magdalena deberá ser aprobada por el nuevo presidente. Punto. Tanto Petro como Duque tienen estrechos vínculos con la Región Caribe. El primero nació en Ciénaga de Oro (Córdoba), mientras que el segundo está emparentado con tradicionales familias cartageneras. Esperamos que esa cercanía afectiva sirva para que el próximo mandatario tenga a la Región Caribe muy cerca de su corazón y que ello se traduzca en mejores oportunidades de crecimiento y desarrollo regional. La Región Caribe tiene enormes potencialidades y fortalezas geoestratégicas que deberán ser aprovechadas por el nuevo gobierno, desde el punto de vista comercial.

Venezuela: ¿Qué hacer con Maduro?

Las relaciones con Venezuela son fundamentales para Colombia. Así ha sido por años. Somos países hermanos. Durante el gobierno de Juan Manuel Santos, las relaciones con el vecino país pasaron del amor al odio. Amor, durante la negociación de paz con las Farc en La Habana y odio en estos momentos, por cuenta de los desafueros cometidos por el régimen chavista. Durante los diálogos con las Farc, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, ofició como garante de la negociación y Santos se cuidó muy bien de no importunarlo. La canciller María Ángela Holguín fue aliada de Venezuela en todas las cumbres internacionales y siempre intercedió para que el régimen del vecino país recibiera un trato benévolo, pese a las múltiples denuncias que recibían los organismos internacionales acerca de violación de Derechos Humanos y persecución a la oposición. La crisis venezolana se siente con toda su fuerza en Colombia. La Región Caribe ha recibido a miles de compatriotas venezolanos que han salido de su país en búsqueda de un mejor futuro para los suyos. El nuevo presidente deberá tener muy presente esta realidad.

Muchas heridas que sanar

La campaña presidencial que termina hoy deja muchas heridas abiertas. Nunca antes habíamos asistido a un triste y lamentable espectáculo de agresiones, ofensas, injurias y calumnias. Las redes sociales se convirtieron en el escenario perfecto para lanzar todo tipo de improperios. Nada malo quedó por decirse. Todas las ofensas fueron proferidas. Ahora le toca al nuevo presidente reparar las que causó y sanar las que le propinaron. Colombia es una sola y en ella cabemos todos. No todo vale en la búsqueda de la Presidencia. El próximo jefe de Estado tendrá que aglutinar al país en la construcción de proyectos comunes. Las diferencias políticas no pueden ser superiores a los propósitos comunes.