Bill Cosby dividió en dos la televisión de Estados Unidos. Ningún afrodescendiente había logrado lo que Cosby alcanzó, desde la fama, hasta la fortuna, pasando por los más cotizados premios. Cosby rompió las barreras del racismo en los medios de comunicación de su país y del mundo. En los 80 y parte de los 90 su programa, El Show de Bill Cosby, logró picos de audiencia extraordinarios.

Pero la justicia estadounidense acaba de mostrar la otra faceta de Bill Cosby, muy distinta a la del padre amoroso y tierno que conocimos, quienes seguimos su serie de televisión: la del depredador sexual, la del acosador criminal, la del violador pervertido. Un tribunal de ese país lo condenó a Cosby, de 81 años, a una pena de prisión de entre 3 y 10 años, sin derecho a fianza, por drogar y violar a la entrenadora de baloncesto Andrea Constand, una de las muchas mujeres que denunciaron haber sido violadas por Cosby.

De esta manera, Cosby se convirtió en la primera celebridad en ser condenada en lo que se conoce como la era del #MeToo, movimiento universal que busca crear conciencia sobre la gravedad de los abusos contra las mujeres. Gracias a ello cientos de mujeres en todo el mundo están denunciando casos de ultrajes y violaciones.

La condena de Cosby -quien aparecido esposado ante los medios de comunicación- debe servir no solo para despertar conciencia sobre la gravedad de los abusos contra las mujeres, sino para enviar el mensaje de que nadie es intocable cuando se trata de juzgar y condenar a los abusadores y violadores.