Los primeros 100 días de gobierno del presidente Iván Duque están marcados por la esperanza, la incertidumbre y el desencanto. La esperanza de que las cosas van a cambiar a pesar de que no han arrancado tan bien como creían sus más de 10 millones de electores; la incertidumbre de que la situación así como puede mejorar también puede empeorar, y el desencanto de quienes consideran que la apuesta por su nombre para que llegara a la Casa de Nariño resultó tan fallida como la que hicieron por su antecesor, Juan Manuel Santos.

Uno de los aspectos del presidente Duque que más ha llamado la atención en estos primeros 100 días de gobierno tiene que ver con lo que Álvaro Gómez Hurtado llamaba el talante, que no es otra cosa que el modo de asumir la vida y de actuar ante ciertas situaciones difíciles o complejas. No es un asunto de ideología, sino de comportamiento. De ahí que se pueda tener ideología de derecha, pero ser dialogante o conciliador. O lo contrario: tener ideología de izquierda, pero ser un déspota y un autoritario de siete suelas.

Los más inquietos con el modelo “Duque Presidente” son los propios militantes del Centro Democrático, que siguen jugados a fondo con él, pero empiezan a murmurar entre ellos sobre la personalidad del mandatario. Y la razón es muy simple: la inmensa mayoría prefiere a un Duque más uribista y menos duquista. En otras palabras: a los uribistas lo que les gusta de Uribe es la mano dura y no el corazón grande, en cambio a Duque le gusta más el corazón grande que la mano dura.

Pero si hay dudas acerca del verdadero Duque dentro del uribismo, por fuera la incertidumbre es mayor. En esos sectores de la población la pregunta que ronda es: ¿Cuál es el verdadero Duque? ¿El que en campaña afirmó que extraditaría a ‘Jesús Santrich’ o el que una vez instalado en la Casa de Nariño sigue dándole vueltas a ese asunto? ¿El que durante la campaña presidencial prometió no subir los impuestos o el que respalda de manera incondicional al ministro Alberto Carrasquilla en su decisión de gravar con IVA más del 80 por ciento de la canasta familiar? ¿El que ofreció combatir la corrupción con todas sus fuerzas o el que está dejando que los congresistas vuelvan trizas las iniciativas que buscan ponerle freno a ese flagelo? ¿El que se comprometió a acabar con las organizaciones criminales o el que gobierna con la cúpula militar que heredó de Santos, que sigue sin propinarle un solo golpe contundente a dichos grupos delincuenciales?

Aunque el ambiente está crispado, en especial por las marchas de los estudiantes y la inconformidad con el IVA a la canasta familiar, a favor de Duque hay que decir que jamás se imaginó el tamaño del chicharrón que le dejó Santos, hecho que se ha visto agravado por la decisión que tomó el propio Duque de no gobernar con el espejo retrovisor. Al no hacer un claro y contundente corte de cuentas con el gobierno anterior, Duque terminó asumiendo el costo político de decisiones que tomó –o que no tomó– su antecesor.

El mejor ejemplo de eso son las marchas de los estudiantes de las universidades públicas, que por estos días han paralizado varias ciudades del país, en especial Bogotá, donde las protestas terminaron con la destrucción de varios buses de Transmilenio, así como atentados a miembros de paz, Fuerza Pública y a la sede de RCN Radio.

Es obvio que la falta de recursos de las universidades públicas –principal motivo de las protestas de los estudiantes– no nació en el gobierno de Duque. Es un problema estructural que lleva varias décadas. Pero a Duque le tocó ponerle el pecho a la brisa y tendrá que buscarle solución a la difícil situación.

Destinar más de 4 billones de pesos en los próximos años para buscarle salida a la crisis es, sin duda, una decisión acertada, mucho más si se tiene en cuenta la precaria situación de las finanzas nacionales. De hecho, nunca antes en la historia del país se había destinado tal cantidad de recursos para la educación. Pero la oferta presidencial no satisface las aspiraciones estudiantiles, cuyos líderes exigen mayores recursos, entre otras razones porque –en efecto– faltan mayores recursos.

A las masivas protestas de los estudiantes se suman distintos partidos y movimientos políticos de oposición, así como organizaciones sindicales, que decidieron medirle el aceite a Duque en sus primeros 100 días de gobierno.

Ocurre, sin embargo, que las protestas legítimas de quienes están inconformes con el Gobierno están siendo utilizadas por vándalos que destruyen todo lo que encuentran a su paso, como ocurrió en Bogotá el jueves pasado. Ese comportamiento criminal no solo debe ser rechazado por los estudiantes, sino que tiene que ser combatido por las autoridades, que deberían judicializar a los encapuchados que siembran el terror y el caos en las ciudades.

¿Cómo le ha ido a Duque en sus primeros 100 días?

¿Maluma sí, estudiantes no?

El presidente Duque tiene una debilidad por las actividades lúdicas. Eso es más que evidente. Solo hay que verlo como le brillan los ojos cuando toca una guitarra o hace la veintiuna con un balón de fútbol. Es un artista frustrado. Su apuesta por la economía naranja responde a una convicción íntima en el sentido de que sí es posible construir nuevas oportunidades de desarrollo y crecimiento sobre la base del talento de nuestros jóvenes y de la fortaleza de nuestro patrimonio cultural.

Duque cree firmemente en que sí es posible convertir una idea creativa en un bien o un servicio. Ahí radica su admiración por nuestros artistas, con quienes conversa con frecuencia, como ocurrió con Carlos Vives en Barranquilla y Santa Marta, o con Maluma en la Casa de Nariño.

Muy pronto lo hará con Silvestre Dangond. Pero sucede que todo en exceso es malo y cansa. Ya los colombianos saben que su presidente toca bien la guitarra, ahora quieren que también gobierne bien y tome decisiones acertadas. De hecho, los estudiantes le reclaman que no haya tenido tiempo de atenderlos, mientras sí tuvo tiempo para entrevistarse con Maluma y con otros artistas.

¿Protesta social o vandalismo?

Los estudiantes de las universidades públicas llevan más de 30 días de paro. Sus manifestaciones han contado con el respaldo de distintas organizaciones sindicales, así como de diversos partidos y movimientos políticos, al igual que de algunos estudiantes de universidades privadas. Al reclamo legítimo de los estudiantes se sumaron también quienes critican la llamada Ley de Financiamiento, en especial lo que tiene que ver con ampliación del IVA a casi todos los productos de la canasta familiar.

La protesta social está amparada por la Constitución Nacional, pero el vandalismo no. Punto. Y esto último es lo que ha ocurrido con varias de las marchas estudiantiles que terminaron en revueltas, especialmente en Bogotá, donde grupos de encapuchados protagonizaron actos vandálicos. Contra estos últimos hay que actuar de inmediato y quienes atentaron contra la vida de miembros de la Fuerza Pública y destruyeron estaciones de Transmilenio y sedes de medios de comunicación, como RCN Radio en Bogotá, deben ser judicializados sin dilación de ningún tipo.

¿Cuál es el verdadero Duque?

Buena parte del desconcierto que acompaña estos primeros 100 días de gobierno de Iván Duque está relacionado con el bandazo que ha dado en varias de sus iniciativas u ofertas de campaña. De todas estas la más radical es la que tiene que ver con su promesa de menos impuestos y mejores salarios. Lo que hay es todo lo contrario: más impuestos y por consiguiente menores salarios. Sobre los impuestos, llama la atención la metamorfosis sufrida por el presidente, pues el fogoso senador que fustigó a Santos cuando tramitó su reforma tributaria con el incremento del IVA del 16 al 19 por ciento, no se parece en nada al mandatario que está dispuesto a cobrarle el IVA a casi todos los productos de la canasta familiar, que constituye un gancho al hígado de la clase media nacional. Del Duque que criticaba las 14 reformas tributarias de los últimos 25 años no queda nada, hasta el punto de que ya radicó la suya sin sonrojarse. En lo que sí sigue firme es en sus duros cuestionamientos al régimen chavista venezolano, lo que le ha dado un incipiente liderazgo regional.

¿Carácter o talante?

La queja generalizada de un amplio sector del uribismo es que a Duque le falta carácter y que se muestra demasiado conciliador. Les gustaría verlo más confrontacional y hasta belicoso si se quiere, como su antiguo jefe. Pero Duque está fabricado con otra madera. No solo no le gusta la polarización, sino que le saca el cuerpo. De hecho, le apostó al centro como fórmula electoral, cuando todos le aconsejaban que se jugara por la derecha pura y dura. Las relaciones con su partido, aunque cordiales, han pasado por algunos desencuentros, en especial con varios congresistas a quienes les gustaría tener una relación más directa con su presidente, por aquello de la mermelada. Dichos desencuentros nunca han incluido a Uribe, con quien mantiene una excelente relación. Su talante conciliador –que lo llevó a trabajar con amigos y exfuncionarios de Santos– se estrella con una base militante y con un grupo de dirigentes que han hecho de la confrontación –en especial con el anterior gobierno– un modo de vida.