No obstante, la lectura que hacen en la Casa de Nariño es bien distinta, pues consideran que en el Centro Democrático hay congresistas que no han sido lo suficientemente solidarios con un gobierno que encontró la casa en un estado lamentable. “Aquí no encontramos fisuras, sino verdaderas grietas, que hemos tenido que reparar con urgencia”, me comentó un funcionario cercano al Presidente, quien considera que el próximo año las relaciones con el Congreso serán más fluidas.

Buena parte de las quejas de la bancada oficialista -que incluye, entre otros, al Partido Conservador- tienen que ver con el desempeño de algunos ministros, a quienes señalan de estar por debajo de las expectativas. “Es el Gobierno el que debe ferrocarrilear sus proyectos y para ello se requiere el contacto directo con los ministros, para que nos expliquen los alcances y la importancia de las iniciativas que tienen en su agenda. Aquí los proyectos huérfanos se hunden”, sostiene un senador conservador, quien se refirió en especial a tres propuestas gubernamentales: la reforma política, la reforma a la Justicia y todo el paquete “anticorrupción”.

Es evidente que la falta de perfil político de algunos ministros, que desconocen la mecánica legislativa y hasta la sensibilidad de los parlamentarios, produjo choques que afectaron los proyectos del Gobierno, como pudo ocurrir con la reforma a la Justicia, que naufragó en medio de señalamientos de la ministra de Justicia, Gloria María Borrero, a algunos partidos políticos y de varios congresistas a la ministra.

Algo similar sucedió con la reforma política, que fue despedazada por los congresistas en las propias narices de la ministra del Interior, Nancy Patricia Gutiérrez. De hecho, todos los dientes que tenía la iniciativa cuando fue radicada, sobre todo en lo que tiene que ver con la lucha contra la corrupción, se los sacaron uno por uno en las comisiones y plenarias del Congreso. Hoy de la llamada pomposamente “Reforma Política” queda muy poco.

¿Cómo serán las relaciones del presidente Duque con el Congreso en 2019? ¿Entenderá el Centro Democrático que hoy es partido de gobierno y no de oposición?

¿Gobierno sin partido o partido sin Gobierno?

Lo menos que espera un Presidente cuando resulta elegido es que su partido lo respalde. O que le haga pasito. El llamado “fuego amigo” no está en sus planes. A Duque con el Centro Democrático –o con varios de sus congresistas– le pasa como aquellos novios que no saben si lo quieren o lo desprecian. Y la razón para esa encrucijada en el alma tiene nombre propio: mermelada. El Presidente decidió en buena hora cambiar las reglas de juego con el Congreso, que pasaron durante muchos años por la compra de respaldo con puestos y contratos. Para que los proyectos de ley fueran aprobados por el Congreso sin mayores traumatismos solo había que untarles las manos a los congresistas con nombramientos y contratos. A Duque la decisión de cortar ese chorro le está costando sudor y lágrimas. Y los congresistas del Centro Democrático, que cuestionaban la mermelada cuando era ajena, ahora quieren para ellos una buena dosis de lo que antes criticaban. Por eso las relaciones de Duque con su partido son más traumáticas que fluidas, al tiempo que los demás congresistas –independientes y opositores– por pura conveniencia política y cálculo electoral, decidieron ponerle “freno de mano” a los proyectos oficiales.

Ser partido de gobierno demanda una enorme responsabilidad política y requiere un mayor compromiso que el que se tiene cuando se ejerce la oposición. El Centro Democrático fue durante los ocho años del gobierno de Santos el partido opositor, ahora que debe ponerse la camiseta del Gobierno a algunos de sus congresistas les ha costado asumir su nuevo rol. Y sin duda ese comportamiento también ha afectado la gobernabilidad de Duque.

¿Qué pasa con el Gabinete?

Que a Claudia López y Gustavo Petro no les guste el Gabinete de Duque es apenas natural, pero que Fernando Londoño Hoyos –uno de los uribistas mas reconocidos– esté pidiendo la cabeza del canciller, Carlos Holmes Trujillo, demuestra que las relaciones del Presidente con su partido no pasan por su mejor momento. Londoño considera que tanto el Presidente como su Canciller abandonaron y dejaron solo al ex ministro Andrés Felipe Arias, detenido en Estados Unidos. Pero los congresistas gobiernistas tampoco gustan de algunos ministros, a quienes cuestionan por su poco bagaje político. En otras palabras, son demasiado técnicos para su gusto. Es decir, conocen la materia y dominan los temas, pero no entienden el lenguaje parlamentario, que pasa por cupos indicativos y entregar hojas de vida de sus recomendados. Para decirlo en plata blanca: los amigos del gobierno del Centro Democrático aspiran a una mayor representatividad en el Gabinete. Quieren ministros que hablen su mismo idioma.

Uribe, jugado a fondo con Duque

A Álvaro Uribe le cobran el hecho de ser “el padre de la criatura”. Es decir, ser la persona que se inventó a Iván Duque y que luego puso a 11 millones de colombianos a votar por él. Uribe sabe mejor que nadie que si a Duque le va bien, le va bien al país, pero sobre todo le va muy bien a él como su mentor. Está demostrado que Uribe no tiene problemas en manejar su bancada, donde –como dice el célebre corrido mexicano– su palabra es la ley. Ocurre, sin embargo, que los votos de su partido y los del Partido Conservador -mayoritarios dentro de la bancada oficialista- no garantizan la aprobación de las iniciativas. Debe contar con los demás, incluyendo a los opositores, con quienes se reunió para discutir asuntos relacionados con la JEP. También lo hizo con el ex presidente César Gaviria. Todo ello para tratar de sacar adelante las iniciativas del Gobierno. Pensar que Uribe “conspira” contra Duque, como creen algunos de sus contradictores, es absolutamente descabellado. Es una barbaridad carente de pies y cabeza. Punto. El fracaso de Duque sería también el de Uribe y significaría el comienzo del fin del uribismo. Así de simple y así de claro.

¿Y la oposición?

La oposición encontró en el escándalo Odebrecht una buena carta para enfrentar no solo al Gobierno, sino al fiscal general, Néstor Humberto Martínez Neira. A Jorge Enrique Robledo se sumó Gustavo Petro, quienes han auscultado con rigurosidad el comportamiento del Fiscal General desde sus tiempos de abogado del Grupo Aval. El papel de Petro se vio empañado por el vergonzoso episodio del “billetevideo”, donde aparece recibiendo fajos de billetes en efectivo, que sigue aún sin poder aclarar. Robledo también citó al Congreso al ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, para que explicara su actuación en los llamados “bonos de agua”, que se habrían prestado para su beneficio. En una democracia el papel de la oposición es fundamental. Sin oposición no hay democracia. Acallarla o pretender silenciarla es comenzar a pisar arenas movedizas en lo que tiene que ver con el respeto a ser derechos universales, como la libertad de expresión.