La aprobación a las volandas en las comisiones económicas de Senado y Cámara del Plan Nacional de Desarrollo sirvió para demostrar lo tortuoso que será el camino que deberán transitar todas las iniciativas del Gobierno en el Congreso de la República. El triste espectáculo de ver a los ministros y altos consejeros del Gobierno suplicando la asistencia de los congresistas, como ocurrió el viernes pasado, para que a última hora salven los proyectos gubernamentales, será cada día más frecuente y lamentable.

No es sano para el sistema democrático el hecho de que el Gobierno nacional tenga que “menudear” con cada congresista el respaldo de sus iniciativas. Y no es sano porque de esta forma pierde el Gobierno, pierde el Congreso y pierde el país. El triunfo pírrico de la aprobación sobre la hora del Plan Nacional de Desarrollo en su primer debate en las comisiones económicas del Congreso es comida para hoy, pero hambre para mañana. Los dos o tres congresistas que aparecieron a última hora para salvar el Plan, terminarán cobrando con puestos, contratos y prebendas el “salvavidas” que le lanzaron al Gobierno.

Seducir a dos o tres congresistas de partidos no afectos al Gobierno, con el fin de conformar unas mayorías coyunturales, que permitan la aprobación de algunas iniciativas termina siendo un pésimo negocio para el Gobierno por la sencilla razón de que no tendrá “mermelada” suficiente para pagar los favores recibidos. Cada voto favorable le costará un ojo de la cara, así los ministros y altos consejeros se desgañiten diciendo que en este gobierno no habrá mermelada. Habrá y mucha. Y no solo para sus amigos tradicionales, como viene sucediendo, sino también para sus amigos ocasionales, como sucederá de ahora en adelante.

Pero someter sus iniciativas a la incertidumbre de los respaldos pasajeros de los congresistas es también un acto de irresponsabilidad política. Un Gobierno debe saber con quién cuenta y con quién no. Así funcionan todos los sistemas democráticos en el mundo. Unos partidos y movimientos políticos son solidarios con el gobierno y otros hacen oposición con plenas garantías.

Pero, además, con su estrategia de menudear cada una de sus iniciativas, el Gobierno le rompe el espinazo a los partidos políticos, pues promueve la indisciplina en cada uno de ellos y por esa vía los debilita. El mejor ejemplo es lo que que acaba de suceder con Cambio Radical, cuyo jefe natural, Germán Vargas Lleras, había ordenado votar el Plan de forma negativa.

Esa directriz -que no fue una decisión caprichosa, sino producto del consenso del partido, que estaba inconforme por la no inclusión de más de 60 proposiciones presentadas- a última hora fue desoída por varios senadores y representantes del partido con asiento en las comisiones económicas.

Aunque la versión oficial de congresistas de Cambio Radical es que la desobediencia tuvo que ver con la motivación altruista de favorecer a los habitantes de la Región Caribe, mediante un plan de salvamento de Electricaribe, lo cierto es que dicho apoyo quedó amarrado a futuros respaldos para cargos directivos del Congreso y a candidaturas regionales en octubre próximo. Una situación similar se presentó en el liberalismo, el otro partido que se declaró “independiente” en el actual gobierno, pero que también terminó apoyando al gobierno con el voto de algunos de sus miembros.

Pero menudear los proyectos en el Congreso también es nocivo para el país, pues genera una incertidumbre política que termina comprometiendo la propia estabilidad nacional. ¿Qué tal la bomba que soltaron algunos congresistas del Centro Democrático al dejar abierta la posibilidad de una Asamblea Constituyente, en caso de que el Congreso niegue las objeciones del presidente Iván Duque a la JEP?

El ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla, habló de un “chantaje” por parte de algunos parlamentarios que se niegan a respaldar el Plan de Desarrollo, ¿no es acaso una amenaza o un chantaje decirles a los congresistas que si no apoyan las decisiones del Gobierno, entonces habrá Constituyente, que en plata blanca significa revocarles el mandato?

¿Cuáles son los riesgos y las consecuencias que tendrá para el Gobierno menudear sus iniciativas con cada uno de los congresistas?

A los partidos hay que fortalecerlos, no debilitarlos

El riesgo de que el Gobierno se entienda con cada congresista y no con la bancada a la que pertenece es enorme, desde todo punto de vista. Primero, rompe la unidad y la disciplina del partido, que fue uno de los logros de la llamada Ley de Bancadas. Segundo, debilita a los partidos y movimientos políticos que quedarían acéfalos y sin jefaturas. ¿De qué le sirve a Vargas Lleras, por ejemplo, ser jefe de Cambio Radical si sus directrices no son acatadas? ¿De qué le sirve a César Gaviria ser jefe del liberalismo si sus instrucciones se las pasan por la faja? Unos y otros terminan siendo jefes de papel, carentes de poder de decisión. Son una especie de “reyes de burla”. Gústenos o no, los partidos políticos sirven para promover la participación de los ciudadanos en todo sistema democrático. Por consiguiente la apuesta debería ser siempre la de fortalecerlos –incluso mediante su depuración– y no la de debilitarlos. Partidos políticos débiles se traducen en democracias débiles. Pretender fortalecer la democracia acabando con los partidos y movimientos políticos es sin duda una utopía. Y en el caso del gobierno de Duque es también –¡qué duda cabe!– un pésimo negocio.

¿Ahora la mermelada es buena?

Gobernar con las mayorías será siempre un buen negocio. El mal negocio es no tenerlas. Punto. Contar con las mayorías le garantiza al presidente de turno poder sacar adelante aquellas iniciativas que hicieron parte de sus ofertas de campaña, las cuales están contenidas en el programa de gobierno. Así ha sido siempre. En los tiempos recientes ningún presidente ha comprometido su gobernabilidad retando las mayorías parlamentarias. Ni Virgilio Barco, que lidió con la “oposición constructiva” del conservatismo, con Misael Pastrana a la cabeza; ni Juan Manuel Santos, que conformó la Unidad Nacional, pasando por César Gaviria, Ernesto Samper, Andrés Pastrana y Álvaro Uribe. Todos ellos gobernaron con mayorías parlamentarias. Duque decidió vender la teoría del “nuevo modelo de relaciones sin mermelada”, para hablar de sus tratos con el Congreso, algo que no pasó más allá de la plaza pública, pues los hechos se han encargado de demostrar que la mermelada era mala, pero cuando la repartían otros.

Aprobación de objeciones a la JEP, sin mayorías

La separación de poderes es la regla de oro de todo sistema democrático. A partir de esa premisa comienza a estructurarse todo el andamiaje del aparato del Estado. Pero los poderes no solo deben ser independientes unos de otros, sino que la relación entre ellos debe ser armónica. Cuando no hay relaciones armónicas entre los poderes, las posibilidades de choques entre ellos crecen. Eso es lo que está sucediendo en la actualidad con las objeciones del presidente Duque a la ley estatutaria de la JEP, cuya suerte está ahora en manos del Congreso de la República. Y al igual que sucedió con la llamada Ley del Plan, que fue aprobada de afán y sin mayor rigurosidad, su suerte tampoco está clara. Hoy el Gobierno no tiene las mayorías para aprobar las objeciones de Duque a la JEP. Tampoco para la aprobación del proyecto de acto legislativo, que busca modificar una serie de disposiciones, como las que tienen que ver con los delitos sexuales contra los menores, cometidos durante el conflicto armado. Tanto en lo que tiene que ver con la JEP como en lo relacionado con el proyecto de acto legislativo, el Gobierno no cuenta con las mayorías que le garanticen su aprobación. Ello significa que deberá negociar con cada uno de los congresistas de aquellos partidos y movimientos que tienen poder de decisión. Y lo único que está seguro de dicha negociación es que no será gratis.

Ahora viene el menudeo de la JEP

Las cuentas del Gobierno para lograr los votos que permitan la aprobación de las objeciones del presidente Duque a la ley estatutaria de la JEP no cuadran. Este será otro padecimiento del Ejecutivo. El liberalismo ha dicho que no apoya al Gobierno, lo mismo que el partido de La U. Cambio Radical está dividido, pero la mayoría no acompañaría al Gobierno, al menos por ahora. Todo depende de la negociación que hagan las partes, como acaba de ocurrir con la Ley del Plan. Con el Gobierno estarían fijos el Centro Democrático y el Partido Conservador. Pero esos votos no le alcanzan. A estas cuentas hay que sumarle los impedimentos, que son decenas, puesto que un número considerable de congresistas tiene algún tipo de relación con la JEP o cuentan con familiares investigados por parapolítica. A esta incertidumbre se suman los mensajes de congresistas del Centro Democrático, quienes han dejado abierta la ventana para una Asamblea Constituyente, en caso de que el Congreso no apruebe las objeciones de Duque. Como dirían las abuelas: el niño que está llorando y la mamá que lo pellizca.