En sus memorias como presidente de Colombia, que acaban de salir al mercado bajo el llamativo título de “La batalla por la paz”, Juan Manuel Santos aprovechó la ocasión no solo para dejar constancia de su legado como principal protagonista de la negociación con las Farc, sino –sobre todo– para pasarles la respectiva cuenta de cobro a sus enemigos políticos, al tiempo que pondera la labor de sus amigos y allegados. Mientras a los primeros no les negó epítetos, a los segundos los colmó de elogios. Aquellos villanos, estos héroes.

Como si se tratara de una de esas antiguas películas del oeste norteamericano, Santos asume desde la primera página hasta la última el rol de protagonista de todos los episodios, inclusive de aquellos en los que su participación no pasó de ser la de actor de reparto. En otras palabras: el “chacho” de la película llamada “La batalla por la paz” es Santos. Punto.

Con mucha habilidad y astucia, el ex presidente se mimetiza y desaparece de escena en algunos episodios para que su nombre no figure con la relevancia que pudo haber tenido. Es el caso, por ejemplo, de los llamados “falsos positivos”, que en su momento lo pusieron en el ojo del huracán.

El debate de control político que el entonces senador liberal Juan Fernando Cristo le adelantó en su calidad de ministro de Defensa –en el que pidió su renuncia– no merece en las memorias de Santos ni siquiera un par de líneas, que no sean para decir que gracias a él se puso fin a esa práctica criminal por parte de algunos miembros de las Fuerzas Militares.

En otros casos, Santos asume un rol protagónico del que carece. Así sucede con la elaboración y ejecución del Plan Colombia, que tuvo como protagonista principal al entonces presidente Andrés Pastrana, quien, curiosamente, es uno de los villanos en el libro de Santos.

“Desde mi campaña electoral –escribió Pastrana en sus memorias, publicadas en 2005, bajo el título de “La palabra bajo fuego”– venía hablando de la necesidad de implementar una especie de Plan Marshall para Colombia”.

“Mi idea era promover una estrategia integral para luchar contra el problema de las drogas –sostuvo Pastrana en sus memorias– que generara al mismo tiempo alternativas de desarrollo social en las zonas más olvidadas y apartadas del país, que facilitara el proceso de paz con el que estaba dispuesto a comprometerme, y que fuera respaldada y financiada parcialmente por la comunidad internacional. De ahí nace el Plan Colombia, un concepto que planteé al interior de la campaña y que, curiosamente, coincidió con la estrategia de apoyo al país que venía estudiando la Organización de las Naciones Unidas a través del grupo de análisis de alternativas para la paz que promovió el entonces representante del PNUD en Colombia, Francesco Vicenti”.

La versión de Santos es bien distinta. “Después de varias reuniones, que se produjeron en el primer semestre de 1998, redactamos un documento al que informalmente denominábamos ‘un plan Marshall para Colombia’. Fui seleccionado para entregárselo personalmente al presidente electo Andrés Pastrana y así lo hice en la oficina del PNUD en Bogotá, en presencia del equipo de trabajo de la Sala de Situación. Pastrana recibió el documento con mucho interés y lo calificó como una hoja de ruta. Se trataba de una propuesta integral para los problemas del país –no solo para la superación del conflicto armado– que sirvió de inspiración de los diálogos de paz del Caguán y también del Plan Colombia, que serían las dos apuestas más importantes del gobierno de Pastrana”, escribe Santos en “La batalla por la paz”.

Mientras en su libro Pastrana ignora el papel de Santos y se atribuye la paternidad de la criatura –el Plan Colombia– Santos en sus memorias no solo se muestra como el cerebro de dicho Plan, sino que deja constancia de que “las dos apuestas más importantes del gobierno de Pastrana” fueron ideas suyas.

Pero hay otros capítulos, que por su importancia histórica, debieron ser tratados con mayor profundidad y detalle en el libro de Santos. La omisión o la falta de datos relevantes no contribuyen a entender asuntos que son bien complejos. Es el caso –por ejemplo– de sus encuentros con Carlos Castaño, jefe de los grupos paramilitares en Colombia. El ex presidente afirma en su libro que tuvo dos reuniones con Castaño, “en una finca en las montañas del departamento de Córdoba, donde él tenía su sede”.

Al omitir detalles de los encuentros, Santos deja en el ambiente muchas preguntas que deberían ser resueltas en aras de la verdad, que es el único valor que nos permitirá superar de una vez por todas el conflicto armado interno. Por ejemplo: ¿cómo contactó Santos a Castaño, o Castaño a Santos? ¿Quién lo trasladó al sitio del encuentro y de qué hablaron?

Es importante que Santos suministre mayor información sobre sus encuentros con Castaño por una razón bien sencilla: en Colombia han sido detenidos decenas de políticos por orden de la Corte Suprema de Justicia, quienes han sido señalados de ser aliados de los grupos paramilitares. Muchos de ellos jamás se entrevistaron con Castaño, ni siquiera una sola vez. Santos dice en su libro que lo hizo “siendo un simple particular”, que se metió de lleno en el trabajo de buscar la paz, “sin imaginar que por ese camino iba a transitar durante dos décadas más”.

La otra reunión con Castaño fue en 1997, en plena crisis del gobierno de Ernesto Samper, por cuenta del proceso 8.000. Santos afirma en su libro que se trasladó hasta el sitio del encuentro con Castaño en un helicóptero prestado por Víctor Carranza “líder esmeraldero y amigo de los paramilitares”, según el ex presidente.

A propósito de Carranza, hay episodios en los que tanto Santos como el esmeraldero fueron protagonistas de primer orden, entre ellos la cumbre de paz en la Abadía de Monserrat en Bogotá en marzo de 1996.

En el libro Santos se refiere a Carranza como “un famoso empresario esmeraldero al que muchos asociaban con el paramilitarismo”. La verdad es que Carranza –fallecido– fue mucho más que un “famoso empresario esmeraldero”, como de manera generosa lo define Santos.

Tanto Salvatore Mancuso como Fredy Rendón Herrera, alias El Alemán, dos jefes de grupos paramilitares en Colombia, reconocen los vínculos de Carranza con las organizaciones paramilitares del país. Carranza fue capturado en 1998, señalado de “conformar grupos paramilitares en los Llanos Orientales y en la Costa” y estuvo detenido en la Escuela de Formación del DAS en Bogotá por cerca de cuatro años. 

De manera que “La batalla por la paz” se convertirá, sin duda, en uno de los grandes referentes para estudiar y analizar el legado de Santos, aunque –como ocurre con todas las memorias de los ex presidentes– a la hora de abordarlo hay que hacerlo con pinzas.

¿Quiénes son los héroes y los villanos en el libro del ex presidente Santos?

Álvaro Uribe Vélez

Sale muy mal parado el expresidente Uribe en el libro de Santos, obra que está llena de mensajes cifrados o alusiones directas en su contra. Veamos unos botones de muestra: cuando Santos se refiere a la forma cómo acabó con los “falsos positivos”, sostiene que terminar con la “nefasta doctrina Vietnam, que medía el éxito en la guerra por el número de cadáveres”, fue algo que “no cayó muy bien en la Casa de Nariño”.

Además, describe a Uribe como “condescendiente y sumiso”, cuando habló en alguna oportunidad por teléfono con el ex presidente francés, Nicolás Sarkozy. Cuenta Santos que la designación de Germán Vargas Lleras y Juan Camilo Restrepo como ministros, causó la “ira” de Uribe, quien los consideraba enemigos políticos. “Era tal el odio de Uribe contra Vargas –narra Santos– que me mandó a decir con Gabriel Silva, una gran amigo y quien me había reemplazado en el Ministerio de Defensa, que si yo llegaba a nombrar a Vargas en el Ministerio de Defensa, él se asilaría en el exterior”.

Juan Carlos Pinzón

Al ex ministro de Defensa, Santos lo graduó de villano. “Varios me advertían –dice Santos– que él, como ministro de Defensa, hablaban mal del proceso en círculos privados y militares, pero no quise creerlo. (…) A los pocos días de su renuncia, las primeras declaraciones de Pinzón fueron críticas frente a la administración de la que había hecho parte durante siete años y, sobre todo, frente al proceso de paz. En sus tuits decía que estábamos dando incentivos perversos a los terroristas y ponía en duda la transparencia de la entrega de armas, que estaba vigilada y avalada nada menos que por las Naciones Unidas. Entonces entendí con profunda desilusión que lo que tanto me habían advertido era cierto y que, en su rol de candidato, prefería jugar la carta de la crítica –sin duda más popular– que la de la lealtad”.

José Obdulio Gaviria

Al actual senador del Centro Democrático lo define como “el principal asesor ideológico de Uribe”, y se refiere a él como alguien, “por decir lo menos, paradójico”. “Sobrelleva, además, –dice Santos– el incómodo estigma de ser primo hermano de Pablo Escobar Gaviria, el más aterrador símbolo del narcotráfico en Colombia y el mundo, algo que, por supuesto, no pasa de ser una anécdota, pues a nadie se le puede considerar responsable por los crímenes de sus parientes”.

Gabriel García Márquez

“Nunca se acabará de conocer cuánto y de qué variadas formas trabajó en silencio y sin aspavientos –escribe Santos– nuestro Nobel de Literatura para buscar una solución al conflicto interno. A García Márquez le debemos mucho más que libros y la gloria literaria. Le debemos su compromiso permanente y muy efectivo con la paz”. También le reconoce haber promovido una reunión en La Habana, entre Castro, Pastrana y Chávez en los diálogos del Caguán.

Sergio Jaramillo

A diferencia de Pinzón, al que graduó de villano, a Sergio Jaramillo, lo eleva a la categoría de héroe. “Es el prototipo –dice Santos– del intelectual y el académico, con una inteligencia teórica que contrastaba con la practicidad de su colega. Es filósofo y filólogo –de la Universidad de Toronto y la Universidad de Oxford, respectivamente, con estudios también en las universidades de Cambridge y de Heidelberg– y políglota no solo se lenguas vivas”.