El presidente Iván Duque tiene que dar cuanto antes un golpe de timón en lo que tiene que ver con su gabinete. Algunos de los jefes de las carteras más importantes evidencian lo que algunos ingenieros llaman “fatiga de metal”, que no es nada distinto a un evidente desgaste, algo que sorprende si se tiene en cuenta que apenas tienen nueve meses de nombrados.

A juzgar por sus rostros y poco entusiasmo, hay ministros y ministras que pareciera que llevaran toda una vida al frente de sus despachos. Es el caso del de Defensa, Guillermo Botero, cuya torpeza y falta de tacto político tienen asustados hasta a los propios congresistas de la bancada oficialista. Algo similar sucede con la ministra de Justicia, Gloria María Borrero, que sigue sin ganarse la confianza y el afecto de buena parte de los congresistas amigos del gobierno, que son los llamados a respaldar sus proyectos. El ministro de Hacienda –desgastado y cansado por cuenta de los debates de los “bonos del agua” y de la aprobación de una reforma tributaria implacable con la clase media asalariada– no solo se declara sorprendido cuando descubre que le metieron varios micos en la ley del Plan Nacional de Desarrollo, sino que anuncia nuevas reformas para seguir exprimiendo nuestros bolsillos.

En términos generales podría decirse que en el gabinete de Duque no hay una figura descollante, una especie de “súper ministro o súper ministra”, que saque la cara por sus colegas y que acapare la atención de la opinión pública, como ocurrió, por ejemplo, con Germán Vargas Lleras en el primer gobierno de Juan Manuel Santos. Para decirlo en plata blanca: en el gabinete de Duque no hay un ministro o ministra con “talla presidencial” y con músculo suficiente para medir fuerzas con el Congreso. El más cercano es el canciller, Carlos Holmes Trujillo, quien cuando mostró las ganas de suceder a Duque en la Casa de Nariño, fue silenciado de inmediato, señalado de utilizar el cargo para hacer política.

Contrario a lo que se piensa, en el sentido de que el “súper ministro” le hace sombra al Presidente, lo cierto es que esa figura hace falta en un gobierno, pues hace las veces de “pararrayo” y con ello evita que la imagen presidencial sufra mayor desgaste.

Cambiar ministros justo cuando acaba de ser aprobado el Plan Nacional de Desarrollo, que no es otra cosa que la hoja de ruta del gobierno, no deja de ser paradójico, pues se supone que ahora sí tendrán recursos para ejecutar todas sus iniciativas.

Pero el problema es que buena parte de dichas iniciativas tendrán que pasar por el Congreso para su aprobación y está visto hasta la saciedad que este Congreso y estos congresistas no le caminan al Gobierno, no solo por la falta de mermelada, sino por razones ideológicas profundas que tienen que ver con la negociación de paz con las Farc, como quedó demostrado con los debates a las objeciones del presidente Duque a la Jurisdicción Especial de Paz (JEP).

Así las cosas, la recomposición del gabinete ministerial por parte de Duque se volvió inaplazable y es probable que las tenga que hacer antes de julio, cuando cambien las mesas directivas del Congreso.

La razón es muy sencilla: una cosas es tener a Ernesto Macías del Centro Democrático en la Presidencia del Senado y otra muy distinta es ver en ese cargo a un senador liberal, o de Cambio Radical o del partido de La U. El primero le garantiza al Gobierno el “manejo” de los debates, como sucedió con los de la JEP, mientras que el segundo muy seguramente no será tan generoso con el Gobierno.

Para decirlo en plata blanca: en las actuales circunstancias ningún ministro o ministra resiste una moción de censura por parte del Congreso. La única tabla de salvación que podría tener es contar con un presidente o presidenta del Senado o de la Cámara amigo del Gobierno. ¿Qué debe hacer el presidente Duque a la hora de recomponer su gabinete?

¿Hora de buscar acuerdos sobre temas fundamentales?

Recuperar gobernabilidad es la tarea más urgente del presidente Duque. Punto. Quedó demostrado que sin las mayorías en el Congreso, no hay forma de que el Gobierno saque adelante sus iniciativas. Valerse del “voto menudeado”, como ocurrió con el senador Luis Eduardo Díaz Granados de Cambio Radical y como acaba de suceder con varios senadores y senadoras que se esfumaron a la hora de votar las objeciones a la JEP, es un pésimo negocio. A la postre el Gobierno se queda con el pecado y sin el género: lo acusan de repartir mermelada y sigue sin contar con las mayorías para la siguiente votación. Lo mejor es buscar un acuerdo sobre temas fundamentales con algunos partidos y movimientos que le permitan mayor maniobrabilidad y le garanticen mayorías sólidas, como podría ocurrir con el Partido Liberal o con Cambio Radical. Es necio pretender sostener el modelo actual de relaciones con el Congreso, cuando está visto que no tiene las mayorías, que son las que le garantizan el éxito de sus iniciativas. Está demostrado que este Congreso solo le marcha al Gobierno cuando tiene libertad para “meterle mano” a los proyectos, como acaba de suceder con el Plan de Desarrollo, aprobado a “pupitrazos”, después de que los congresistas le agregaran 153 artículos nuevos, pues llegó con 183 y salió con 336, incluyendo toda clase de micos y orangutanes.

Ministro Botero no resiste una moción de censura

Si senadores y representantes del llamado “Bloque Pro Paz”, que tienen mayorías en el Congreso, como quedó demostrado con las votaciones a las objeciones presidenciales a la JEP, deciden hacerle un debate de moción de censura al ministro de Defensa, Guillermo Botero, por el asesinato de Dimar Torres, desmovilizado de las Farc en la zona del Catatumbo, el Gobierno no tiene cómo salvarlo. Es decir, no cuenta con los votos para negar dicha moción de censura y ello significa que tendría que entregar su cabeza, hecho sin antecedentes desde que se creó la figura. Botero no ha sido un buen ministro de Defensa, lo que no deja de ser paradójico en un gobierno que pregona la seguridad como bandera. Es más, en el caso del asesinato del desmovilizado Torres, quien merece todo el reconocimiento es el general Diego Luis Villegas, comandante de la Fuerza de Tarea Vulcano, quien pidió perdón por la actuación criminal de varios de sus hombres. “No mataron a cualquier civil, mataron a un miembro de la comunidad. Lo mataron miembros de las Fuerzas Armadas y por tanto lo lamento en el alma. En nombre de los cuatro mil hombres que tengo el honor de comandar, les pido perdón”, declaró el general Villegas a la comunidad en Norte de Santander. Ese gallardo comportamiento fue, inclusive, reprochado por el ministro Botero, quien lo definió como una “actuación personal”.

Ministra de Justicia, muy por debajo de las expectativas

La ministra de Justicia, Gloria María Borrero, llegó al cargo antecedida de una destacada trayectoria académica. La Corporación Excelencia en la Justicia –de la que fue su directora por varios años– es una de las entidades con mayor reconocimiento como centro de estudios e investigaciones sobre la administración de Justicia en Colombia. Pero la gestión de Borrero no ha sido la mejor.

Sus relaciones tanto con el Congreso como con las altas cortes se han caracterizado por roces y reproches mutuos. El episodio de la extradición de alias Jesús Santrich –con la famosa carta dirigida a las autoridades judiciales de Estados Unidos extraviada– evidenció la falta de diligencia por parte de quien tiene sobre sus hombros la cartera de Justicia. Borrero

no cuenta, ademas, con el pleno respaldo de sectores influyentes del uribismo, quienes quisieran verla mucho más radical en su condena a las actuaciones de la JEP.

La ministra Borrero es un buen ejemplo de que no siempre quien critica los toros desde la barrera, resulta buen torero cuando le dan el capote para que se enfrente al toro. O como dicen en el

Huila: una cosa es tocar con tiple y otra con guitarra.

Una agenda legislativa en manos de la oposición

A la ministra del Interior, Nancy Patricia Gutiérrez, le ha tocado lidiar con un Congreso hostil. Su gestión apenas le alcanza para un 3.2 por ahora, aunque hay que reconocer que no es fácil lidiar con congresistas golosos, pedigüeños y acostumbrados a tener a la mano un buen tarro de mermelada. Su labor al frente del paro indígena del Cauca fue –sin duda alguna– muy destacada. Sacó adelante una negociación compleja en medio de un ambiente caldeado. Pero la agenda legislativa del Gobierno –en la que Gutiérrez juega un papel fundamental– muestra pocos logros. La oposición ha puesto al Gobierno a la defensiva y lo volvió reactivo, lo que no deja de ser un problema para quienes apenas están calentando motores. Dejar la iniciativa de la agenda legislativa en manos de la oposición no deja de ser un riesgo para un Gobierno que necesita sacar adelante, entre otras, iniciativas como la reforma pensional, que no da espera y que debe mejorar las actuales condiciones de cobertura y equidad.