Pasa el tiempo –ya van diez meses– y el presidente Iván Duque no ha logrado construir una conexión directa y estrecha con los colombianos. De hecho, según la más reciente encuesta de Yanhaas su desaprobación es del 63 por ciento, cifra escandalosa si se tiene en cuenta que aún no ha cumplido su primer año de gobierno. En la gran mayoría de los casos, los presidentes cuando empiezan sus mandatos gozan de una especie de periodo de gracia que se prolonga por algo más de un año y en el que su popularidad casi siempre está por encima del 70 por ciento. Con esa “chequera jugosa”, el mandatario comienza a gastarse su capital político con medidas impopulares, como sucede con las tristemente célebres reformas tributarias.

En la medida en que transcurre el mandato, la imagen del presidente se va desgastando. No es el caso de Duque, quien a diferencia de sus antecesores no ha gozado de ese periodo de gracia –o luna de miel– que le permita acumular respaldo político para poder gastárselo en el futuro. Si en sus primeros diez meses de gobierno tiene una desaprobación del 63 por ciento, ¿qué podría pasar en los siguientes años de su mandato?

Aunque la percepción que tiene la opinión pública es que las cosas van mal –o que no han mejorado, como esperaba buena parte de los colombianos– lo cierto es que Duque no ha podido –o no ha sabido– vender los logros que ha tenido hasta el momento. En el caso de la economía –por ejemplo– hizo carrera la tesis del presidente del Banco de la República, Juan José Echavarría, según la cual la “economía se estancó por cuenta de la polarización política”.

La demoledora frase de Echavarría terminó instalándose en el imaginario nacional, hasta el punto de que la versión del propio Duque –que es totalmente contraria a la del jefe del Emisor– sigue sin calar en la opinión pública.

En efecto, según declaraciones concedidas por el presidente a Juan Roberto Vargas, director de Noticias Caracol, la economía del país creció 2,8 por ciento en el primer trimestre del año. Es decir, no solo no se estancó, como dice Echavarría, sino que creció. En esa oportunidad también se refirió al crecimiento de la inversión extranjera en un 68 por ciento.

Es evidente que el Gobierno –con Duque a la cabeza– no ha podido diseñar y ejecutar un modelo de comunicación que le permita ser más eficaz a la hora de transmitir sus mensajes. Esa inocultable carencia tiene al alto gobierno a la defensiva, cuando debería ocurrir lo contrario: estar a la ofensiva para que sean los opositores quienes tengan que replegarse. En otras palabras, quien debe echar línea es el Gobierno y no sus contradictores, como viene sucediendo.

Lo que en circunstancias normales podría ser una fortaleza de Duque –su juventud y la carencia de un pasado ligado a la clase política tradicional– terminó convirtiéndose en una de sus mayores debilidades en los primeros meses de gobierno: su falta de experiencia. Mientras en Francia destacan la juventud de Enmanuel Macron y en Canadá aclaman al joven Justin Trudeau, en Colombia la inexperiencia de Duque tiene a muchas personas pegadas al techo, empezando por los propios jóvenes. De hecho en la encuesta de Yanhaas de junio el sector de la población que más desaprueba la gestión de Duque es el comprendido entre los 18 y los 24 años, con 81 por ciento. ¿Cómo se explica que un presidente joven no les llegue a los jóvenes?

Pero sin duda en el caso de Duque, lo más llamativo en lo que tiene que ver con no capitalizar sus apuestas es la eliminación de la mermelada, controvertida herramienta que en el pasado permitió a todos los antecesores de Duque “ferrocarrilear” sus iniciativas en el Congreso de la República. La ecuación es simple: si hay mermelada, hay proyectos aprobados; si no hay mermelada, no hay proyectos aprobados. Duque decidió acabar con la mermelada y apostó por una relación más transparente entre el Ejecutivo y el Legislativo.

En otras circunstancias, el presidente que hubiera eliminado la mermelada en el Congreso no solo habría asegurado un sitial de honor en el corazón de los colombianos, sino que tendría un monumento al lado del Libertador en la Plaza de Bolívar de Bogotá. La razón es simple: mermelada es sinónimo de corrupción.

No obstante, a Duque esa apuesta, valiente, sin duda, le salió mal, porque los congresistas “desmermelados” le hundieron sus proyectos, los de su partido –que esperaban mermelada– no se comprometieron a fondo con ellos y la opinión pública lo señala de haber incumplido sus promesas.

¿Qué pasa con el presidente Duque? ¿Cuáles han sido sus aciertos y sus equivocaciones?

Un presidente “acumulador de millas”

La gira internacional del presidente Duque –o mejor: sus giras internacionales– han sido objeto de todo tipo de cuestionamientos por parte de sus opositores, quienes le reprochan su “indolencia” y el hecho de “alejarse cuando el país vive su peor crisis”.

Este señalamiento tiene una alta dosis de injusticia. En Colombia siempre la crisis de hoy será peor que la de ayer. Si fuera por las crisis ningún presidente viajaría al exterior.

Los viajes de Duque, sin embargo, han coincidido con hechos de mucha trascendencia y por consiguiente de gran cobertura mediática. Es el caso de la incomunicación terrestre entre Bogotá y los Llanos Orientales, por cuenta de una serie de derrumbes, producto de la intensidad del invierno.

Aunque muchos quisieran ver a Duque encaramado en una retroexcavadora removiendo escombros en la vía a Villavicencio, lo cierto es que si la gira por Europa sirve para conseguir recursos para que los colombianos podamos contar con una Vía al Llano moderna, entonces que siga viajando.

¿Por qué a Duque sí y a Santos no?

A Duque la prensa internacional le cobra lo que no le cobró a Santos. Punto. Y es apenas natural que así sea: Santos, como periodista, estableció excelentes relaciones con sus colegas en el exterior.

Por esa razón no lo “muerden” las salas de redacción de The New York Times, ni las de The Economist, dos de las más influyentes publicaciones de Estados Unidos y Europa. Mientras Santos se mueve en ellas como pez en el agua, Duque debe golpear puertas para poder seguir.

The Economist –publicación amiga incondicional de Santos– se atrevió a sugerirle que debe “salir de la sombra de Uribe” para tratar de construir una “política con base propia”. La lamentable tragedia de asesinatos de líderes sociales no comenzó con Duque, como quisieron hacerlo ver en Londres unos intolerantes y desadaptados “estudiantes” que le gritaron “¡asesino, asesino!”, como si en verdad Duque hubiera matado a alguien.

En tiempos de Santos también asesinaron a muchos líderes sociales en Colombia, pero ninguno de los que hoy descalifican a Duque salieron a cuestionarlo. El asesinato de líderes sociales no puede prestarse para abanderar causas políticas o electorales.

Es una tragedia social que debemos afrontar y enfrentar todos los colombianos. La mezquindad con que se está tratando el tema sólo sirve para agravar la situación. Pero ello ocurre por una razón triste y fatal: el odio nos está ganando la batalla en Colombia.

Un gabinete muy liviano y con pobre resultados.

Una vez culminada la legislatura, que arrojó un pobre balance para el Gobierno, es bueno que Duque evalúe con cabeza fría el desempeño de su gabinete. La verdad es que se trata de un gabinete muy liviano para las actuales circunstancias, como quedó evidenciado con los precarios resultados de la agenda del Gobierno en el Congreso.

Salvo Carlos Holmes Trujillo (Relaciones Internacionales) y Alberto Carrasquilla (Hacienda) –que tienen peso específico y espuelas cruzadas– ningún otro ministro o ministra logró mostrar resultados por encima de las expectativas.

Nancy Patricia Gutiérrez (Interior) y Guillermo Botero (Defensa) tienen en sus despachos abultadas carpetas de “asuntos por resolver”. Las llamadas “carteras técnicas” también están en deuda y deben emplearse a fondo si en verdad quieren dejar huella y transformar sus sectores.

Descargar responsabilidades en el Congreso y en la falta de mermelada es la salida más fácil. Además hace pensar que –si las circunstancias no cambian– el futuro inmediato será peor.

La economía naranja está verde

Desde su época de candidato y ahora instalado en la Casa de Nariño, Duque habla todo el día de “Economía naranja”. Mientras un día afirma que será el “nuevo petróleo” del país, al día siguiente nos anuncia que seremos la “potencia naranja” de América Latina.

Ocurre –sin embargo– que salvo Duque y uno que otro ministro nadie más sabe en Colombia qué es la “Economía naranja” y cómo es que ella nos permitirá superar nuestros actuales niveles de pobreza e iniquidad.

¡Cómo es posible que semejante apuesta del Gobierno no haya sido digerida por la inmensa mayoría de los colombianos, quienes serían los primeros en beneficiarse con ella! Si de lo que se trata es de fomentar de manera masiva las expresiones artísticas y culturales del país, para generar mayores ingresos para todos, entonces el Gobierno está en mora de convencernos a todos los colombianos de sus bondades.

Esa “revolución” todavía no ha logrado prender sus motores.