Como era de esperarse, la captura de Aida Merlano en Venezuela dio inicio a una telenovela por capítulos cuyo final nadie se atreve a pronosticar. Es parte de la misma historia que empezó en abril de 2018 en Colombia con su captura y luego siguió con su juicio, condena y posterior fuga. Hay aquí -sin duda- todos los elementos para la realización de una serie exitosa de Neflix, que incluiría -obvio- los orígenes humildes de la protagonista y su ascenso vertiginoso en la política barranquillera, así como su caída en desgracia de forma estrepitosa.

Ahora que empezó a emitirse, esta vez desde Caracas, un nuevo capítulo de la serie que podría llamarse “Aida Merlano, ¿víctima o villana?”, los ojos y los oídos del país político y nacional están puestos en lo que dirá -o no dirá- la ex parlamentaria conservadora. Y es que tratándose de Aida Merlano, es tan importante lo que dice como lo que calla, algo que ella sabe muy bien. De hecho, en sus declaraciones en Caracas hay más de un mensaje a Bolívar para que lo entienda Santander.

De manera que para que la trama de la telenovela de Aida Merlano no se preste para confusiones es importante saber que la misma se desarrolla en tres escenarios: el mediático, el político y el jurídico. Por momentos los tres se mezclan y ello genera confusión en la audiencia. El escenario mediático no es nada distinto al bochinche, que gusta tanto en Venezuela como en Colombia. Somos bochincheros por naturaleza y la “telenovela de Aida” si algo tiene es una buena dosis de bochinche: ¡Qué tal la fuga cinematográfica del consultorio odontológico de Bogotá, con soga, porrazo y rapitendero incluidos! ¡Qué tal la despachada contra sus ahora enemigos y antes aliados en Colombia, desde un tribunal de utilería de Caracas, con llanto incluido! ¡Qué tal el capítulo hasta ahora inédito de su supuesto secuestro en Valledupar…!

El otro escenario es el político, que con las primeras declaraciones de Merlano en Caracas alcanzó para estremecer los cimientos de la política, tanto local como nacional. En este capítulo hay que incluir las relaciones diplomáticas -hoy inexistentes- entre Colombia y Venezuela.

Y por último está el escenario jurídico o judicial, que es en realidad el más importante de todos, porque le permitirá a la audiencia de la telenovela, cuando ésta se acabe, si es que se acaba, saber qué tan víctima o qué tan villana es Aida Merlano.

A diferencia de los otros dos escenarios, que podrían carecer de rigor o de evidencias, el escenario jurídico solo se soporta en pruebas, que deben ser sometidas a todo tipo de valoración por parte de una autoridad competente. El solo show no alcanza, ni tampoco las declaraciones de Merlano por más estridentes o grandilocuentes que parezcan. Este escenario judicial o jurídico ya tuvo en Colombia un capítulo, cuando Merlano fue procesada y condenada a 15 años de prisión por parte de la Corte Suprema de Justicia, por varios delitos, incluido el de concierto para delinquir. Este capítulo en Colombia resultó desfavorable para Merlano, quien no aportó las pruebas que dice tener contra representantes de la clase política de Barranquilla, de la Región Caribe o inclusive nacional. Pero el hecho de que Merlano no aporte las pruebas no quiere decir que la corrupción política a la que se refiere no exista.

¿En qué terminará la telenovela “Aida Merlano, ¿víctima o villana?”. ¿Quiénes serán sus protagonistas y qué papel desempeñarán? Veamos:

¿Qué puede hacer la Corte Suprema de Justicia?

Frente a la ley colombiana hay dos Aidas Merlano. La prófuga de la Justicia que huyó de forma espectacular, luego de ser condenada por la Corte Suprema de Justicia por varios delitos, entre ellos concierto para delinquir. La otra Aida es la que capturan en Venezuela y que ahora está en poder de Nicolás Maduro, quien sabrá sacarle jugo muy bien, con todo el bochinche incluido. Ambas Aidas tienen un elemento en común: la Corte Suprema de Justicia que la condenó y que acaba de pedir al gobierno de Colombia que solicite su extradición conforme a lo dispone el Tratado Bolivariano de Extradición del 18 de julio de 1911. La Corte la requiere para que responda única y exclusivamente por la sentencia ejecutoriada que pesa en su contra. Nada más. ¿Qué utilidad real tiene la petición de la Corte al gobierno colombiano? Ninguna. ¿La razón? La Corte Suprema -como juez de la República que es- debe solicitar al Gobierno Nacional que proceda a pedir en extradición a Merlano. Pero no puede hacer nada más, puesto que los jueces solo responden por sus decisiones dentro del país. Lo que traspase las fronteras nacionales -incluso si tienen que ver con asuntos judiciales- es competencia exclusiva del Presidente de la República, que es a quien la Constitución en su artículo 189-2 le asigna la función de “dirigir las relaciones internacionales”. La Corte Suprema hizo lo que le correspondía.

El caso desconocido del venezolano Ángel Hugo Largo

La petición de la Corte Suprema -aunque legal y correcta- no pasa de ser un saludo a la bandera, pues el gobierno de Iván Duque ha dicho que solo reconoce como presidente legítimo de Venezuela a Juan Guaidó y no a Nicolás Maduro. La solicitud de la Corte tampoco tendrá un efecto práctico. Para lo único que sirve es para que la Suprema agote sus recursos legales y mañana no la señalen de negligente. Hay un antecedente desconocido por la opinión pública que respalda su comportamiento. Es el siguiente: en auto del 2 de octubre de 2019, con ponencia del magistrado Francisco Acuña, proferido dentro del trámite de extradición que había pedido la República Bolivariana de Venezuela del ciudadano Ángel Hugo Largo Mejía, quien se encontraba detenido, la Corte aceptó el desistimiento de la solicitud de extradición que hizo el embajador de Guaidó, Humberto Calderón Berti, quien señaló: “El sistema de Justicia de Venezuela está siendo usurpado por funcionarios ilegalmente designados por la ilegítima Asamblea Nacional Constituyente, instalada al margen de la Constitución vigente”. Y ante este argumento, la Corte Suprema -Sala de Casación Penal- aceptó que el gobierno acreditado ante el gobierno de Iván Duque es el de Guaidó y no el de Maduro, que su embajador es Calderón Berti y por esa razón el desistimiento fue considerado válido. De inmediato ordenó la terminación del trámite de extradición y la libertad de Largo Mejía, quien está libre en Colombia.

La Aida de Maduro

Dentro de la telenovela “Aida Merlano, ¿víctima o villana?”, uno de los actores principales es Nicolás Maduro, quien tiene en su poder a la protagonista de la historia. ¿Qué hará el ahora galán de la telenovela? En términos estrictamente judiciales, Merlano no es más que una colombiana prófuga que ingresó a Venezuela de forma ilegal y allá cometió delitos. Pero en términos políticos, Merlano es el más grande trofeo que Maduro se haya podido imaginar para avasallar a los “políticos de derecha” de Colombia, encabezados por Álvaro Uribe e Iván Duque. Por eso los cañones de Merlano el día de su aparición ante un tribunal de Caracas apuntaron todos hacia Uribe, Duque, Vargas Lleras y Néstor Humberto Martínez. “En Colombia la derecha compra votos, la izquierda no”, dijo en su declaración. Pero en medio del show de su comparencia ante tribunales de Caracas, Merlano está diciendo cosas muy graves sobre la política colombiana que deberían ser investigadas a fondo para saber qué es verdad y qué es mentira de todo lo que dice. Las autoridades judiciales de Colombia no pueden hacer caso omiso de lo afirmado por Merlano, ni mucho menos descartar a priori su credibilidad. La Fiscalía General, por ejemplo, puede acceder a la cooperación judicial extranjera. En el caso de Venezuela, hay dos acuerdos -uno de octubre de 1991 y otro de febrero de 1998- que así lo permiten y establecen.

No hay testigos buenos o malos: hay testigos

No es ni sano, ni tiene buena presentación, que ante la Justicia colombiana haya “testigos buenos” y “testigos malos”. O algo peor: que el mismo testigo sea considerado bueno -cuenta con absoluta credibilidad- o sea considerado malo -con cero credibilidad- de acuerdo al grado de conveniencia de sus afirmaciones. Para la Justicia solo debe haber testigos a secas. Validar los testimonios de acuerdo a su grado de conveniencia, atenta contra la credibilidad de la Justicia y compromete la legitimidad del Estado. Hay que acabar con la imagen que se tiene del Estado como una camarilla de amigos que se protegen impunemente unos con otros. En el caso de Merlano lo mejor que se debe hacer es oírla, formalizar sus dichos y someterlos a todas las valoraciones que la propia Ley establece. Valorar, por ejemplo, su propósito de alegar su inocencia en los casos de corrupción política, al tiempo que señala de corruptos a sus antiguos aliados políticos. Ello serviría -además- para precisar los fines políticos de Maduro o de la propia Merlano. Y también permitiría establecer si las declaraciones de Merlano obedecen a un plan preconcebido con el fin de obtener un asilo político. Por esa misma razón es que su testimonio debe ser valorado. Si no queremos parecernos a Venezuela deberíamos empezar por medir a todos los testigos con igual rasero, independientemente de sus apellidos o condición social. Podríamos empezar por el de Aida Merlano.