Cuando Iván Duque pensó que después de sofocar las protestas sociales a finales del año pasado podría disfrutar de un 2020 mucho más tranquilo, jamás se imaginó que su segundo año de mandato estaría condicionado por la llegada al país de la más letal de las pandemias: el coronavirus o COVID-19.

Por esta razón el análisis del segundo año de mandato del presidente Duque debe pasar necesariamente por el manejo que le ha dado a la propagación del coronavirus. Desde marzo hasta la fecha Duque ha centrado su administración en todo lo que tiene que ver con el manejo y control de la pandemia. Tanto es así que hasta destinó un espacio diario por televisión nacional y por plataformas digitales para informar las decisiones que adopta, así como las iniciativas que piensa ejecutar.

Por cuenta del coronavirus el Gobierno terminó asumiendo funciones legislativas al hacer uso de las facultades extraordinarias que le permite sacar adelantes proyectos con fuerza de ley. “Duque legisla mientras nosotros desde nuestras casas aplaudimos”, me dijo un representante a la Cámara por el Atlántico, quien define como un “abuso” las atribuciones “legislativas” asumidas por el Presidente por cuenta de la pandemia.

De manera que después de un primer año de “aprendizaje”, en el que mantuvo unas relaciones poco afectuosas con buena parte del Congreso, hasta el punto de ver afectada su gobernabilidad, Duque arrancó el 2020 con la firme intención de recuperar el espacio perdido con el Legislativo. Tanto es así que se valió de una herramienta que siempre le criticó al gobierno de Juan Manuel Santos: la tristemente célebre mermelada. El aterrizaje de Cambio Radical a la coalición oficialista, por ejemplo, fue producto de largas negociaciones programáticas, pero también burocráticas. Lo mismo pasó con el sector mayoritario del Partido de la U, que también mejoró sus relaciones con Duque. En esta oportunidad el pragmatismo de Duque terminó por ganarle a los principios.

La economía también ha pagado las terribles consecuencias del coronavirus en el país. Todos los indicadores son desalentadores. El desempleo –pese a una muy leve recuperación en junio– sigue galopando en los dos dígitos. Los nuevos desempleados desde que comenzó la cuarentena adoptada por Duque por cuenta de la pandemia ya superan los 5 millones. Una verdadera monstruosidad. Una catástrofe por donde se le quiera mirar.

En términos de lucha contra la pobreza el país retrocederá una década. Las reformas tributarias estructurales siguen sin aparecer, mientras la economía podría sufrir daños irreversibles en el sector productivo por cuenta del coronavirus.

Veamos, pues, lo bueno, lo malo y lo feo de Iván Duque en su segundo año de mandato.

Bueno: Hacer uso de su “talante turbayista”

Iván Duque llegó a la Presidencia en medio del debate más polarizado en la historia electoral del país en las últimas décadas. Duque terminó reuniendo en su candidatura –en algunos casos por convicción y en otros por obligación– a los votantes que le tenían pánico a Gustavo Petro. Pero con su talante Duque ha sabido bajarle decibles a la polarización.

Ese talante “turbayista” de Duque, cuyo padre –Iván Duque Escobar– fue muy cercano al ex presidente liberal, le ha servido a la hora de servir de “amable componedor”, tanto con sectores gobiernistas como opositores. Ante la polarización Duque se muestra más reflexivo que impulsivo. Para sectores radicales de la oposición Duque no pasa de ser el “títere de Uribe”, mientras que el ala más fuerte de su partido lo ve demasiado independiente de Uribe.

Bueno: respetar decisiones de las altas cortes

Duque logró algo que parecía imposible dada su procedencia uribista: mantener una muy buena relación con las altas cortes, a partir del respeto de sus decisiones. “En las altas cortes lo estiman”, me dijo un magistrado con quien hablé sobre el tema. “La mejor demostración de ello –dijo el magistrado– es que la Corte Suprema eligió como Fiscal General a Francisco Barbosa, no solo a sabiendas de su estrecha cercanía con Duque, sino precisamente por esa misma razón”. El talante conciliar de Duque es en estas circunstancias una virtud.

Más que imponer, Duque hace el esfuerzo por convencer. Buen ejemplo de ello es que muchas veces en el Congreso ha logrado sacar adelante proyectos suyos, así como ha terminado respaldando otros que no son de su cosecha. Es el caso de la ley que establece la cadena perpetua para abusadores de menores y la llamada ley de plazos justos, que pone en cintura los abusos de los grandes comerciantes contra los chicos.

Malo: el asesinato desbordado de los líderes sociales

En lo que va del 2020 han sido asesinados en el país 166 líderes sociales y defensores de Derechos Humanos, así como 36 ex militantes de las Farc, según informe de Indepaz. Son cifras realmente escandalosas, que deberían llevar al Gobierno a asumir con firmeza la defensa de la integridad y de la vida de quienes están siendo asesinados de forma inclemente.

Su confrontación con la JEP –que viene desde su época de candidato– terminó mostrándolo como heredero del “uribismo pura sangre” y ello terminó por costarle manejo político con un tribunal que –mal que bien– nació de un proceso de paz firmado por el Estado colombiano.

Malo: el manejo del sector Defensa

A Duque no le ha ido bien con los ministros de Defensa. Guillermo Botero –que venía de Fenalco– fue siempre más uribista que duquista. Así llegó a la cartera y así se fue. Durante su gestión regresaron los falsos positivos, miembros del Ejército asesinaron al desmovilizado Dimar Torres y se gestaron varias chuzadas a opositores, tema en el que el país es muy sensible.

Ahora hay escándalos sexuales que involucran a oficiales y suboficiales del Ejército, mientras que el Congreso de Estados Unidos piensa supeditar su ayuda a la condición de que no se utilizará para atentar contra la democracia.

El gabinete ministerial ha tenido un muy modesto comportamiento. A excepción de las ministras de Transporte, Ángela María Orozco, y de Justicia, Margarita Cabello; así como el de Salud, Fernando Ruíz, son muy pocos los ministros con calificación sobresaliente. La ministra de las TIC, Karen Abudinen, apenas acaba de llegar al cargo y tiene el enorme reto de ampliar la conectividad nacional y de incrementar el uso de las nuevas tecnologías en todo el país.

Feo: las novatadas del Presidente

Aunque nadie duda del talante conciliador de Duque, hay episodios que lo muestran intolerante y rabioso. El más reciente ocurrió luego de la instalación de la actual legislatura el pasado 20 de julio. A la hora de escuchar la réplica de la oposición, en cabeza de la senadora Aida Avella, se le salió la famosa frase: “Tengo que escuchar a la vieja esta”, hecho que produjo la indignación no solo de la oposición, sino de sectores independientes del país.

Feo también la devolución de decretos presidenciales por parte de la Corte Constitucional por la falta de firmas de algunos ministros. Feo cuando ha picado el anzuelo de la alcaldesa de Bogotá, Claudia López, y termina respondiéndole con indirectas. La alocución diaria por televisión empieza a mostrar “fatiga de metal” y ya no tiene el efecto que tuvo en sus comienzos. Debe replantear la fórmula.

Feo: el oportunismo legislativo

El manejo legislativo que el presidente Duque le ha dado a la emergencia del coronavirus tampoco ha sido bien visto, tanto por sus opositores como por influyentes generadores de opinión. Tantos decretos –más de 800– sobre lo divino y lo humano, lo muestran como un mandatario oportunista que aprovecha la ocasión para hacerle esguince a los controles propios de la democracia, que ha sido la principal queja de un amplio sector del Congreso de la República.

De hecho, por esta vía extraordinaria el Gobierno se ha ocupado de sacar adelante iniciativas que nada tienen que ver con la pandemia, como ocurre con los relacionados con las pensiones de los colombianos. Someter las decisiones del Ejecutivo a los controles respectivos no solo fortalece el sistema democrático, sino que le daría mayor transparencia al gobierno de Duque.